domingo, 27 de noviembre de 2011

GRACIAS





Gracias a los que estuvisteis allí.


Gracias a los que quisisteis estar y no pudisteis.


Gracias a los que me llamasteis deseándome suerte.


Gracias a todos, porque sé que todos mis amigos se alegraron de que esta novela: "El Triángulo", viese la luz al fin.
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martes, 1 de noviembre de 2011

Presentación de la novela: EL TRIÁNGULO



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martes, 7 de junio de 2011

El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha

Un tesoro para compartir.
La Joya de la Literatura Española: El Quijote.


(entra en el siguiente enlace, y disfruta)
http://quijote.bne.es/libro.html


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lunes, 2 de mayo de 2011

Tenemos que guardar lo nuestro

® Tenemos que guardar lo nuestro


© Antonio Blázquez Madrid

(Primer premio XIII Certamen Literario “José Rodriguez Dumont” - Órgiva - Granada)


Todos los días él cerraba con minuciosidad las oxidadas puertas de hierro. Yo me quedaba mirando desde el otro lado, sabiendo que en el interior nada tenía valor. Guardar la miseria jamás fue rentable, por eso nunca entendí tanto esmero en poner la cadena y echar el candado.
— ¡Tenemos que guardar lo nuestro, Curro! —Me gritaba siempre.
Pero yo, que sabía los míseros cuscurros que comíamos, y que conocía las escasas pertenencias que había dentro, me preguntaba qué era lo que con tanto interés pretendía proteger de los extraños.
En otros tiempos mejores, había vivido detrás de otras puertas donde la comida sobraba y había sillones mullidos, hasta que decidí marcharme a conocer la vida de nuevos mundos, y acabé perdido y encontrándome con él, que me trajo hasta aquí, donde vivo desde entonces. A partir de ese momento, tuve que compartir la poca comida que quedaba sobre la mesa y sufrir los fríos de las noches de invierno. Pero siempre me gustó ser fiel, y mucho más con quien me había extendido su mano sin amenazas cuando me encontró desorientado entre calles desconocidas, y que me había ofrecido algo de su comida aunque fuese escasa. Pero a pesar de mi interés en servirle, de ser su mejor amigo, de estar a su lado siempre, nunca llegué a comprender esa especie de obsesión que padecía por proteger aquella miseria que nos rodeaba. Siempre me repetía cada noche la misma frase:
— ¡Tenemos que guardar lo nuestro, Curro!
Le conocí un día de invierno. Huyendo de la lluvia me había refugiado en un portal para pasar la
noche. Estaba tumbado sobre el frío suelo cuando él traspasó la puerta. Me pareció muy alto visto desde abajo. Temí que me echaría de aquel lugar estrecho, pero sólo sentí una patada suave contra mi cuerpo, que me hizo entender que debía de encogerme más y acurrucarme contra la esquina para dejarle más espacio. Quizá porque estaba empapado por la lluvia se acercó a mí y dejó que su cuerpo se juntara con el mío, y al poco rato nos fuimos dando calor el uno al otro, y como sin darme cuenta comencé a sentir un especial deseo de ser su compañero. Cuando las primeras luces del alba aparecieron por el horizonte, él abandonó el portal donde estábamos refugiados, y yo, perdido y sin saber a dónde dirigirme, seguí detrás de sus pasos con la mirada dócil y suplicante y un cierto temor a que rechazara mi compañía. Fuimos andando, él delante y yo detrás, hasta llegar al lugar donde ahora vivimos. Debo reconocer que la primera impresión que me produjo este sitio fue deprimente. Yo, que antes de iniciar mi desventurada aventura había estado acostumbrado a vivir en casas cómodas y bien cuidadas, no podía entender que una persona tuviera como hogar un viejo contenedor de mercancías abandonado sobre un sucio paraje. Sin embargo, como no tenía ningún sitio mejor donde ir, y dado que mi instinto me hacía confiar en ese personaje que había conocido la noche anterior, me quedé a esperar a ver cómo reaccionaba cuando me viera. Él, como si no se hubiera percatado de mi presencia, introdujo una llave en el candado que aseguraba las puertas del viejo contenedor y se metió dentro; mientras, yo me quedé esperando sentado sobre la tierra húmeda. Permanecí así hasta que el sol se puso en la mitad del cielo y, entonces, creyendo que no le interesaba mi presencia, comencé a alejarme del lugar. Pero no había dado muchos pasos cuando escuché el chirriar de las puertas del contenedor al abrirse. Volví la cabeza y le vi con un cacharro de barro en la mano que olía a comida. Toma, ven, come —oí su voz por primera vez—, y dejó la comida sobre un cajón de madera que había en el suelo. Azuzado por el hambre corrí hasta donde estaba el plato y arrebañé y lamí hasta la última gota de salsa. Y desde ese momento he seguido en su compañía, compartiendo su miseria pero también los buenos momentos.
— ¡Tenemos que guardar lo nuestro, Curro!— Me repetía a menudo, sin que yo entendiera bien a qué se refería.
Allí mismo, junto al contenedor de hierro donde vivíamos, montó una caseta de madera, cubierta con plásticos y trapos viejos, cuando ella vino a vivir con nosotros. Ella era regordeta, con el pelo lacio y su ropa sucia y un tanto raída. La encontramos una tarde que deambulábamos por las calles rebuscando aquí y allá. Iba sola, detrás de nuestros pasos, con un carrito viejo de supermercado recogiendo lo que nosotros dejábamos. Es verdad que a veces, cuando miras atrás, ves que hay otros a los que les gustaría tener tu pobre suerte, y ella me pareció uno de esos cuando la vi. La tarde era calurosa, y cansados de andar paramos un rato en un parque. Mientras yo descansaba tumbado sobre la hierba, él y ella se sentaron en un banco y hablaron, sin que yo entendiera lo que se decían, pero mi instinto me vino a decir que iba a tener que compartir con otra boca nueva la escasa comida que teníamos, sin embargo, no me importó que así fuera cuando vi los ojos de ella que brillaban con un punto de felicidad.
La pequeña caseta la construyó para que ella guardara su carrito roto y oxidado y la poca ropa que llevaba encima, y la hizo con un especial cariño que yo antes nunca le había notado, y como si dentro de aquella chabolita que había construido con tanta ilusión hubiera un tesoro oculto, escribió sobre la madera unas letras con pintura roja y el trazo grueso: “PROHIBIDO EL PASO”; unas letras que yo nunca he llegado a comprender y que él intentaba explicármelas con esa frase que una y otra vez me repetía:
— ¡Tenemos que guardar lo nuestro, Curro!
Poco duró la vida de ella en nuestra compañía. Una mañana temprano, apartó la tela que tapaba la entrada a la caseta, y cogiendo su carrito y su ropa desapareció para siempre. Cuando se hubo marchado, él salió del contenedor y clavó unas tablas en la entrada de la chabolilla, clausurándola para siempre, y después estampó su bota contra el cajón donde yo estaba sentado, y con voz amarga me gritó la frase de siempre:
— ¡Tenemos que guardar lo nuestro, Curro!
Lo nuestro, ¿qué era lo nuestro?: un contenedor de hierro oxidado y una pequeña caseta desvencijada. ¿Qué había que proteger? Yo nada veía, pero seguía haciendo lo que él me mandaba, y ponía todo mi interés y mi olfato policíaco en defender aquello que para él, al parecer, tenía un valor que en mi corto entender no lograba ver ni adivinar. Proteger la miseria, eso pensaba yo mientras permanecía atado con la cadena de hierro, soportando el frío durante las largas noches y el calor los días solitarios.
Y aquí sigo, subido al cajón de madera que está sobre la tierra enfrente del viejo contenedor de mercancías que sirve de casa a mi amo, dispuesto a lanzar al aire mis ladridos cuando se acerca alguien desconocido, para así defender lo poco que tiene mi amo y compañero, y lo único que yo tengo, que son las caricias que me hace sobre el lomo cuando me dice cada noche: “Tenemos que guardar lo nuestro, Curro”.
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domingo, 23 de enero de 2011

El Drama del Desencantado

(Un genial cuento de Gabriel García Márquez)
EL DRAMA DEL DESENCANTADO

...el drama del desencantado que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a medida que caía iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado por completo su concepción del mundo, y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa valía la pena de ser vivida.


Autor: Gabriel García Márquez
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miércoles, 1 de diciembre de 2010

El Reverso de la Inocencia


® El Reverso de la Inocencia - (JUEGO PERVERSO)

© Antonio Blázquez Madrid


(Relato finalista en el III premio literario de relatos de terror “Monstruos de la Razón – OcioZero”)


— ¿Mami, jugamos a presos y policías?
— ¿Niña, desde cuando te gusta jugar a eso?
— Lo he aprendido, mami, me lo han enseñado en el parque.
— ¿Y cómo se juega?
— Mira, yo te ataré a la cama con los lazos de mis coletas, y tú serás la mala y yo seré quien llame al policía bueno para que te lleve con él.
— Pues si a ti te apetece juguemos, cielo.

La tarde ya había terminado sus horas y las sombras comenzaban a cubrir las pareces blancas del dormitorio. La niña fue quitándose las cintas que recogían su pelo, una roja y la otra negra. La madre se tumbó sobre el edredón y dejó que su hija le atara las muñecas a los barrotes de hierro del cabecero de la cama.

— No aprietes tanto, cariño, no tan fuerte, que duele.
— Eso es porque eres mala, mami, es porque has sido muy mala.
— ¿Y ahora que hacemos?
— Tenemos que esperar a que venga el policía bueno.

La niña abrió la ventana que daba al pequeño jardín de la casa, y dejó caer sobre el césped el osito de peluche que le habían regalado en el último cumpleaños, luego cerró con fuerza y corrió los visillos, al tiempo que miraba a su madre tendida en la cama formando una fúnebre figura entre las sombras que la cubrían.

— ¿Por qué has tirado tu osito?
— Está endiablado, mami.
— No me gusta este juego, mi niña, desátame.
— No puedo hacerlo, me lo dijo el hombre que habita en el parque.
La niña se fue hacia un rincón oscuro, más allá de donde la madre alcanzaba a ver, y se acurrucó en la esquina mirando en silencio hacia la ventana.

— ¡Desátame!
— ¡Chsss...!, calla, mami —contestó en voz baja.

La madre comenzó a sentir cómo la sangre se agolpaba dentro de sus muñecas sujetas al hierro frío. Volvió a llamar a la niña, ahora ya con voz angustiada, mas sólo tuvo como respuesta la respiración leve y entrecortada de su hija escondida.
No entendía nada de lo que estaba pasando. Intentó violentamente librarse de las ligaduras que la mantenían presa en su propio dormitorio, pero lo único que consiguió fue que las cintas de tela se clavaran y lastimaran su piel, y unas gotas de sangre empezaron a resbalar por sus brazos desnudos.
Gritó de nuevo, ya con un miedo extraño recorriendo cada centímetro de su cuerpo.

— ¡Suéltame, o te daré unos azotes cuando esté libre!
— Chsss..., eres mala, no podrás desatarte nunca, él me dijo como debía de hacerlo —se oyó la voz de la niña casi como un murmullo desde la esquina.

Una difusa silueta surgió al otro lado de la ventana. Se paró en el centro, mirando a través de los visillos. De pronto se agachó, y cuando apareció de nuevo tras el cristal llevaba consigo el osito que la niña había tirado al jardín. Desde la oscuridad del rincón donde se hallaba la niña salió una risita nerviosa, corta y enigmática.

— ¿Quién es? —preguntó la madre con voz apenas audible para que no traspasara más allá de los cristales.
— Chsss...
— Por Dios, hija, no me hagas esto.
— Chsss..., no hables, eres perversa porque no me dejas ir al parque, él me lo dijo.

Mientras, las sombras de la noche iban cubriendo deprisa las blancas paredes del dormitorio. La madre intentó alcanzar con la boca el lazo negro que ataba su mano derecha, sin resultado alguno, y retorció su cuerpo hacia el lado izquierdo en otro inútil intento por morder y romper el otro lazo rojo que la sujetaba a los barrotes. La voz tenue y susurrante de la niña de nuevo llenó la penumbra de la habitación

— No podrás, mami, él me enseñó donde tenía que atarte.
— ¡Nos hará daño a las dos!
— No, porque yo he sido buena con él, y tú has sido mala conmigo cuando me prohibías ir a jugar a su jardín.
— ¿Quién es? —volvió a preguntar la madre.
— Chsss..., calla… calla… calla.

Entre el silencio se escuchó el pequeño rechinar de los goznes de la puerta de entrada al abrirse, y una corriente de aire frío llegó a la habitación desde el jardín.

— ¿Hija, por qué dejaste la puerta abierta?
— Él me lo pidió; chsss..., no hables más y espera.

Unos pasos lentos se comenzaron a oír a través del corredor que unía la entrada y el dormitorio: uno, dos, tres, cuatro..., después se fueron alejando: ella intuyó que se habían dirigido a la cocina situada en la mitad del pasillo.

— Mi niña, aún estamos a tiempo, desátame, cielo —dijo con voz entrecortada.
— Chsss..., tiene que hacerlo para que los dos, él y yo, podamos vivir juntos en el jardín del parque. Tú me castigas por ir a jugar con él, por eso tenemos que hacerlo.

Los pasos retornaron al corredor y, desde la habitación blanca, oscurecida ahora por las sombras cerradas de la noche, se fueron oyendo cada vez más nítidos: avanzaba despacio, como midiendo cada metro, un paso más fuerte que el otro, arrastrando una cojera fácilmente adivinable. La madre gritó y se revolvió sobre la cama.

— Chsss..., no grites, mama, nadie te podrá escuchar, hoy no hay ningún vecino, él me dijo cuando debía de ser el día elegido para hacer el juego.
— ¿Por qué me haces esto, mi niña?
— No te angusties, mami, será rápido; no te preocupes, no te dolerá nada; y no te tengas miedo, él te llevará al cielo.

Una figura encorvada y siniestra apareció delante de ella en el contraluz de la ventana. El miedo paralizó su cuerpo y anuló los gritos que salían de su garganta temblorosa. La silueta de la niña, con los rizos de sus coletas sueltas cubriéndole la cara, se fue acercando a aquel ser extraño. El brillo metálico de un cuchillo asomó entre los dedos del intruso, que lo colocó en las pequeñas manos de la niña.

— ¡No cojas el cuchillo, mi vida, ese hombre es malo! —se oyó entre llantos su voz estremecida.
— No, mami, nadie lo quiere porque es feo, nadie le habla porque es huraño, nadie está a su lado porque su cuerpo da miedo, pero es bueno y me va a llevar a vivir al jardín que tiene en el parque, donde tú nunca me dejas ir a jugar.

La madre quiso gritar, pero su voz estaba atrapada y paralizada por un terrorífico miedo que la envolvía. Enfrente de ella se oyó una voz profunda y ronca:

— Ahora lo debes hacer tú, pequeña, tal y como te enseñé.
— ¿Y por qué lo tengo que hacer yo sola?
— Para que expíe sus pecados.

La niña avanzó despacio con la hoja del cuchillo levantada y agarrándolo con las dos manos, y antes de dejarlo caer con fuerza sobre el pecho de su madre, que temblaba sobre la cama y la miraba con ojos incrédulos y suplicantes, dijo con un suave y dulce tono de voz: “Mami, no me mires así, ahora irás al cielo”.
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sábado, 30 de octubre de 2010

Sueños Imperfectos



® Sueños Imperfectos

© Autor: Antonio Blázquez Madrid


(Micro-relato finalista en el IV Certamen Literario Premio Orola 2010)


Cada día, a las cinco de la tarde, salgo de mi casa y me dirijo a la estación de autobuses; cada día, ya dentro de la estación, me acerco hasta la ventanilla de venta de billetes; cada día, sin que recuerde desde cuando sucede, siempre encuentro un letrero pegado sobre el cristal, que indica que ya no quedan plazas libres para el viaje que pretendo hacer. Entonces, bajo a los andenes para ver a los que sí lo han conseguido, y observo que sus caras están cansadas y a veces llorosas antes de partir, después me fijo en los que retornan y veo que sus rostros siguen silenciosos y tristes, y al verlos así deja de importarme no haber conseguido mi billete; por lo menos hasta el día siguiente, cuando, a las cinco en punto, salga de nuevo de mi casa para ir a la estación de autobuses con el deseo de hacer el viaje que el destino aún no me ha dejado hacer.
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jueves, 9 de septiembre de 2010

Y no decimos nada

Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista.
Luego vinieron a por los judíos y no dije nada porque yo no era judío.
Luego vinieron a por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista.
Luego vinieron a por los católicos y no dije nada porque yo era protestante.
Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada.

Martin Niemöller

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La primera noche ellos se acercan y cogen una flor de nuestro jardín,
y no decimos nada.
La segunda noche ya no se esconden, pisan las flores, matan nuestro perro,
y no decimos nada.
Hasta que un día el más frágil de ellos entra solo en nuestra casa,
nos roba la luna,
y conociendo nuestro miedo
nos arranca la voz de la garganta.
Y porque no dijimos nada
ya no podemos decir nada.

Vladimir Maiakovski Leer más...

miércoles, 14 de julio de 2010

Verano en Castilla


® Verano en Castilla

© Autor: Antonio Blázquez Madrid



Cielos limpios. Calor abrasador que ahuyenta a los lagartos solitarios. Tierra quemada. Sombras que hacen vida; vidas que viven pegadas a las sombras. Polvo en las calles que esperan las pisadas juguetonas de niños que ya son ajenos el resto del tiempo. Golondrinas que regatean el aire caliente. Cigüeñas que enseñan a volar a sus crías, al tiempo que les van mostrando los vientos que les llevaran a territorios lejanos. Abuelas que acumulan caricias para el invierno. Abuelos que cuentan cuentos antes de que lleguen las noches vacías del otoño. Cohetes y banderas que celebran y recogen alegrías una vez al año; y la procesión que comienza cuando las campanas de la iglesia tocan a las cinco en punto de la tarde, aunque el viejo reloj de la torre ya hace tiempo que dejó de marcar el inicio de la fiesta del patrón de la Villa Castellana.

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jueves, 1 de julio de 2010

El final del reflejo más íntimo



® El final del reflejo más íntimo

© Autor: Antonio Blázquez Madrid


(Relato finalista en el VII Concurso de Relatos “Luis del Val” - Sallent de Gállego - Huesca)



Las gotas de sangre que caen de mis manos se mezclan con tu cuerpo destruido y tirado en el suelo, mas, a pesar de los muchos años en los que has sido mi compañero más íntimo, de mis ojos no fluyen lágrimas que me humedezcan la cara, ni de mi garganta ha salido ningún rasgado sonido que muestre dolor o pena, pues en el fondo del alma siento que se ha hecho justicia después de toda una larga vida en la que siempre me mantuviste vigilada desde el otro lado.
Aún recuerdo aquellos años de la infancia cuando me mirabas y te mofabas de mí cada vez que las lágrimas aparecían en mis ojos. Sí, eras cruel conmigo, y, con aquella voz que me llegaba a lo más profundo de mi ser sin que el sonido traspasara el aire, me hacías creer que yo me burlaba de mi misma y que tú solamente eras un mudo testigo.
Recuerdo aún tu falta de sentimientos cuando en la dura adolescencia me mirabas a través de la fría barrera que nos separaba, sin importarte nada los grandes traumas que me acuciaban, tan importantes para mí. Nunca te oí una sola palabra de consuelo, ni un gesto compasivo, sólo me mirabas, fijamente, a los ojos, haciendo muecas que repetían burlonamente las mías, en una hiriente imitación que hacía aún más dura mi existencia.
Con el paso del tiempo me seguiste vigilando oculto entre las manchas de polvo y grasa acumuladas sobre aquel marco acristalado a través del que siempre nos mirábamos, y, con despiadada frialdad, me ibas recordando día a día el paso de los años, e insistentemente me mostrabas cada una de las arrugas que inevitablemente iban naciendo en mi rostro, cada cabello caído, cada trocito de piel donde el brillo había ido desapareciendo. Sin compasión, cada mañana y cada noche, me hacías sufrir con tu gélida mirada sin que yo te pudiera culpar pues desaparecías de mi vista en cuanto me alejaba unos metros. Nunca pude discutir contigo, simplemente te burlabas de mí repitiendo una y otra vez cada una de mis palabras, y en ninguna ocasión fuiste capaz de devolverme un saludo, ni de lanzarme una sonrisa cuando estaba triste.
Mi cuerpo y mi vida poco a poco se han ido llenando de años, ¡sííí!, es verdad, y tuya no es la culpa, pero lo que en ningún momento podré perdonarte es que tú, aprovechando mi más intima y desnuda presencia, me recordases continuamente cuan lastimero era mi envejecido cuerpo, cuan caídas estaban mis carnes, cuanto sobraba allí donde no hacía falta y cuanto faltaba allí donde sí era necesario; y tampoco podré olvidar que tú, amparado por la neblina que formaba el vapor al atravesar el frío ambiente, te regodeases, una y otra vez, haciéndome ver y agrandando cada uno de mis defectos.
Jamás oí tu nombre, que siempre mantuviste en el más anónimo secreto. Nunca te pude estrechar la mano, ni pude compartir el calor de tu cuerpo: sólo sentía, una y otra vez, esa mirada tuya penetrante y fría. Tú, que ninguna vez rehuiste mis ojos, que aguantaste sin parpadear mis miradas de odio, que oíste mis gritos al aire, mis cánticos desafinados y hasta mis lloros, sin embargo, en tu innata frialdad, en ningún momento fuiste capaz de contestarme con unas palabras de alivio en los momentos de tristeza, ni de felicitarme en los días especiales de mi vida —que también los hubo—. Por eso te he odiado siempre. Por eso, y a pesar de que nunca me pude apartar de ti, jamás te quise. Por eso, hoy, cuando ya mi imagen no me importa, cuando mi vida ya no tiene ningún sentido, cuando mi último deseo no está ya en este mundo, no he querido dejarte ahí, sobre la pared, reflejando la nada, y con las escasas fuerzas que me quedan te he golpeado una y otra vez, hasta ver tu cuerpo, frío y cristalino, roto a mis pies en mil pedazos; y mis manos, ensangrentadas y abiertas por tu duro e insensible cuerpo, sienten, al fin, el calor que desde el otro lado ha dejado escapar tu vacío.
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martes, 23 de marzo de 2010

Primavera en Castilla



® Primavera en Castilla

© Autor: Antonio Blázquez Madrid



Calor suave que se va pegando sobre la cal blanca. El gallo canta de madrugada a la hora que nace el día. Un lloro tierno sale por una ventana entreabierta y una canción de cuna se oye hasta que el llanto se calma. Se escucha el rumor fresco del agua que sale de la fuente. El cielo azul y blanco. Las calles cálidas con su tierra seca. Los árboles se despiertan con el piar de los jilgueros. Las higueras empiezan a estar preñadas de higos y brevas entre sus ramas. Los corderos se amamantan con leche cálida de la oveja madre, y un perro ladra al oír las cinco campanadas que anuncian el comienzo de un día de primavera en la llanura castellana.






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viernes, 29 de enero de 2010

A ti que, aunque sólo eras un gato, nos diste una lección de felicidad con tan poco



Tristes días de espera cuando quien se va lucha por no irse, cuando la inocencia está antes de la muerte.
Tristes días de espera cuando ves su cara con solicitud de ayuda, cuando oyes su voz de súplica, y te das cuenta que nada puedes hacer por remediar sus males.
Tristes días de espera cuando te llama pidiendo tu protección, y tú solamente le puedes entregar unas caricias en su espalda.
Tristes días de espera cuando, con una profunda pena en tu alma, deseas dejar de oír su voz como única alternativa a su sufrimiento y al tuyo.
Cuántos días de espera rezando a los dioses para que no llegue la última hora, y al mismo tiempo anhelando que un dulce sueño lo lleve a la otra orilla sin dolor.
Cuántos días de espera con el corazón roto, mostrando una entereza que no tienes, luchando por retener las lágrimas que se agolpan tras los parpados, peleando porque no salgan los sentimientos antes de la última hora.
Cuántos días de espera sabiendo que ya no hay esperanza, conociendo que el fin es el único destino que ya queda, temiendo que todo acabe y al mismo tiempo deseando que termine para que desaparezcan los achaques dolorosos que él padece y la angustia que tú sientes.
Muchos días nuevos abriendo los ojos con el deseo de escucharlo, pero también con la esperanza de que el silencio sea lo único que se escuche.
Muchos días nuevos temiendo el momento de su agonía, el alarido final, para luego dejar escapar unas lágrimas en solitario allí donde nadie pueda ver tus sentimientos.
Cuán largos se hacen los días cuando lo ves luchando por un pellizco de vida, resistiendo por mantener un poco de aliento.
Por eso hoy, antes de que todo suceda, dejas caer tus lágrimas, dejas fluir tu llanto, dejas escapar tu dolor lleno de sentimientos, y lloras por él cuando aún le resta un poco de vida, y sigues pidiéndole en silencio que se vaya dormido y sin dolor durante un sueño, aunque después lo lamentes profundamente por no haber estado en el último momento a su lado acariciando su espalda.
Tal vez muchos no lo entiendan, quizá lo consideren un exceso de sentimientos, y es posible que no sean capaces de comprender por qué tanto cariño; pero dieciséis años de maullar a primera hora de la mañana para despertarte, de ronronear al compas de tus caricias, de pisadas silenciosas y gatunas detrás de tus pasos, dieciséis años de arrumacos entre tus piernas consiguen crear un profundo afecto lleno de ternura.
Y ahora se va agotando, viejecito como un anciano de cien años, y, apartado en un rincón, no queda otro remedio que inundar el alma de lágrimas, mientras que tu gato, tu querido gato, se va muriendo poco a poco, sin hacerte caso en acabar sus días en un silencioso sueño, luchando por vivir unas horas más aunque sean llenas de dolor, y entonces aprendes una lección de ese pequeño animal que te ha hecho compañía tantos años, es una lección de vida, de lucha por la vida, incluso cuando el dolor no le deja que su pequeño cuerpo se alimente, una gran lección de vida de un animalito que nada tiene salvo tu cariño, y que ha sido feliz con tan poca cosa: sólo cariño y un plato de comida cada día.
Mi querido gato, por favor, acaba tus días en un feliz sueño, para que los que te queremos no tengamos que sufrir oyendo los agónicos alaridos del último momento, y vuela al cielo de los animales, que seguramente será un cielo más hermoso que el de los humanos.

Hoy, al fin, te fuiste, y nos quedamos con la tristeza entrelazada en el alma. Adiós querido gato, Pumby.

© Antonio Blázquez Madrid
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domingo, 17 de enero de 2010

Invierno en Castilla

(acuarela de: Rubén de Luis)



® Invierno en Castilla

© Autor: Antonio Blázquez Madrid



El agua ha dejado de correr libre y se ha quedado atrapada entre los carámbanos que cierran la boca helada de la fuente. El cielo está cubierto de luto negro; la tierra de solitaria nieve blanca. Los nidos de las golondrinas cuelgan vacíos y abandonados, sin calor en su interior. Las cigüeñas hace tiempo que dejaron los nidos de ramas secas en los torreones altos. En las calles no hay pisadas que muestren vida. El viento helado congela a su paso las esquinas gastadas por el tiempo. Las agujas enmohecidas y quietas del reloj de la torre señalan las cinco; la misma hora que marcará en la noche, y al día siguiente, y al otro, y al otro..., la única hora que le queda. Los silencios acompañan al reloj y ya no resuenan las campanas para dar la hora en punto. Sólo se oye el chirriar del gozne oxidado de una puerta vieja, que se entreabre y cierra con la esperanza vana de que trascurra algo de vida antes de que llegue la noche solitaria y difunta de Castilla.



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domingo, 20 de diciembre de 2009

Cuento de Navidad




- TAMBIÉN EXISTEN OTRAS NAVIDADES -



® Título: Continuidad de un Belén roto

© Autor: Antonio Blázquez Madrid



(Primer Premio en el I Certamen de Cuentos de Navidad – Primaduroverales “Casa del Reloj” Madrid)


La monótona música de los villancicos traspasa, como cada año, los cristales de la ventana. La misma historia vuelve al lugar de siempre. En el salón, un gastado Belén ocupa la repisa de la chimenea. En el Belén el Niño debe de tener la mejilla rota, y la tiene; la Madre debe de estar con los ojos borrados, y así está; el Padre debe agarrar con dureza la empuñadura del bastón, y lo hace.
Sentado en un raído sillón, frente a la chimenea, un hombre contempla inquieto la escena navideña, al tiempo que sujeta con fuerza una culata fría. Sobre una hamaca, una mujer balancea su cuerpo con ritmo cansino mientras mira en silencio, con ojos apagados y quietos, una fotografía amarillenta que mantiene entre las manos. La estancia huele a aguardiente añejo.
Las sucias bolas de cristal que pretender adornar el nacimiento ya no reflejan la luz que apenas cubre las paredes de la habitación. Apartado en un rincón, un niño lee un cuento de navidad escrito en un diario un día 25 de otro mes de diciembre. Un “booom” salido de entre las palabras que está leyendo se adelanta al potente “booom” que llega a sus oídos. Con miedo, y sin levantar la vista, al mismo tiempo que toca su cara dolorida, el niño prosigue con la lectura para saber cómo termina la historia de aquel otro 25 de diciembre que se cuenta en el diario, y las letras le van descubriendo que el hombre que aparece en el relato tiene que quedar con el brazo caído, inerte, y sus dedos rozando las baldosas manchadas de rojo, y así queda; y la mujer que le acompaña, después de llorar con amargura hasta secar sus ojos, tiene que permanecer eternamente mirando una fotografía que coge con sus temblorosas manos, y así permanece; y un niño, que se acurruca temeroso en una oscura esquina, tiene que leer un cuento triste de navidad, mientras se acaricia su rostro herido, y así lo hace.
El niño termina de leer el relato escrito en el diario, y vuelve a esconderlo bajo las baldosas rotas del salón, para que al año siguiente, cuando los villancicos retumben de nuevo a través de los cristales y el Belén roto vuelva a estar sobre la repisa de la chimenea, otro niño lo encuentre, mientras se oculta con miedo en un rincón oscuro con su mejilla dolorida.

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viernes, 11 de diciembre de 2009

Serpiente versus Ciudad




® Serpiente Vs. Ciudad

© Autor: Antonio Blázquez Madrid


(Mención especial en el II Certamen Internacional de Cuento ‘Jorge Luis Borges’ – de SESAM - ARGENTINA)


Recuerdo esos otros tiempos cuando podía sentir las luces de la noche girando a mi alrededor, cuando mis pasos caminaban libres por las calles, cuando miraba al cielo soleado desde el parque que se abre al final de la avenida; pero ya no, ya sólo puedo ver la ciudad a través de la estrecha ventana de mi apartamento, en el piso 13, donde vivo solo y encerrado; ya sólo puedo mirar desde lo alto los cientos de luces parpadeantes que salpican la negra capa de asfalto durante la noche, y observar las pequeñas siluetas que se mueven bajo el cielo gris que las cubre, sin poder hablar con ellas.
La puerta está candada con siete llaves, por el temor que tengo a que ella la traspase. Tal vez, todos piensen que es locura mi encierro, pero yo sé que está ahí abajo, enroscada sobre si misma, con su cuerpo frío cubierto de escamas falazmente suaves, sus ojos eternamente abiertos y vigilantes, y su lengua traicionera escondida entre las mortales mandíbulas de su boca. Está esperando para engullirme: escondida, unas veces, en el foso del ascensor; otras, camaleónicamente enrollada en las pilastras de la barandilla de la escalera; y la mayoría de las veces, apostada bajo la alcantarilla que hay enfrente de la casa, desde donde vigila todos mis movimientos.
Es parte de su venganza contra la ciudad, esa ciudad que en su loca carrera por agrandar sus dominios la expulsó de su refugio, y yo soy el objetivo elegido para esa venganza, aunque nadie lo quiera entender y me consideren loco. Pero lo que ellos no saben, es que cuando yo muera ella buscará nuevas víctimas para completar su lucha, hasta que la ciudad deje de devorar su entorno.

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sábado, 28 de noviembre de 2009

Otoño en Castilla



® Otoño en Castilla

© Autor: Antonio Blázquez Madrid


Gris en el cielo y ocre en el horizonte. El aire fresco y la luz cortada por una neblina suave. Los pájaros callados ya a esa hora. Las calles más vacías que llenas, más silenciosas que bulliciosas. Tristeza entre las esquinas. Gentes calladas. Llovizna que cala el cuerpo y a veces el alma. Son las cinco de una tarde de otoño entre las calles de un pueblo de Castilla, donde ya nadie mira al reloj parado de la iglesia.

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jueves, 26 de noviembre de 2009

La lectura como termómetro, catalizador y potenciador de la cultura

La lectura como termómetro, catalizador y potenciador de la
cultura



Antonio Blázquez Madrid

Somos un país, España, en el que la evolución económica ha tenido un importantísimo crecimiento, pero, por desgracia, no ha sucedido lo mismo en la parte cultural, que sigue siendo raquítica, manteniendo unos bajísimos y preocupantes niveles.
Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que industrial y económicamente estamos situados entre los primeros diez o doce países del mundo, pero si se nos midiera por nuestro nivel cultural nuestra posición en el ranking caería muy por debajo de muchos otros países con menos recursos económicos.
La cultura no ha tenido nunca entre nuestros políticos y dirigentes ningún interés y mucho menos preferencia, y lo que es peor, tampoco ha sido ni es una preocupación para la mayoría de los ciudadanos, que valoran más el nivel económico alcanzado por cualquiera de sus vecinos que el grado cultural que posean.
¿Y por qué este degradante y bajo nivel cultural si hoy en día todos, desde muy pequeños, tienen un colegio a donde ir, y además es obligatorio pasar un importante número de años asistiendo a clases de unas y otras materias? Algunos dirán que el problema es el nefasto sistema educativo que nos imponen, otros que el bajo aprovechamiento de los alumnos, pero yo tengo mi propia teoría: el gran problema existente es la palabra. Sí, la palabra. Da pena oír hablar a mucha gente que incluso tiene en su currículum algún título universitario. ¿Y por qué la palabra?, se preguntaran algunos, pues porque la palabra es el gran potenciador de la cultura. ¿Y dónde podemos encontrar las palabras?, en los libros. ¿Y cómo se extraen las palabras impresas en los libros? Leyendo, leyendo, leyendo. He aquí el principal motivo del escaso nivel cultural que nos rodea: ¡no se lee! Es un país donde casi nadie lee.
Aunque las encuestas y las estadísticas nos vienen a decir que hay un 40% de ciudadanos que leen, yo me niego a aceptarlo, pues cuando hago mi propia estadística en mi propio entorno (que no es de bajo nivel económico ni social), me doy cuenta que realmente en ese porcentaje se incluyen a todos aquellos que han tenido un libro en sus manos alguna vez, pero que de verdad no leen ni nunca han leído, y lo que es peor, no tienen intención de hacerlo. La desalentadora conclusión a la que llego es que el porcentaje de los que le dedican algún tiempo real de su vida a la lectura es como mucho de un 20%, eso siendo generoso. Y la lectura es el catalizador de la cultura; es más, yo diría que es un catalizador esencial de la cultura, y al igual que sin un catalizador no es posible ninguna reacción química, asimismo sin la lectura es difícil que haya un nivel cultural mínimamente aceptable.
Si queremos saber dónde está situado culturalmente un pueblo, solamente tenemos que conocer el número real de los ciudadanos que leen, un exacto termómetro que nos dará la medida exacta de su nivel. (En este punto, quiero que quede constancia de la excepción que, por justicia social, hay que aplicar en esta regla a esos pueblos y gentes que tienen una vasta cultura tradicional basada en la oralidad, y que no han podido plasmasla en los libros por falta de medios económicos o materiales. Esas culturas, heredadas palabra a palabra, son dignas de sana envidia, y en modo alguno están por debajo de la nuestra).
En este país se sigue prefiriendo oír a televisivos variopintos antes que tomar entre las manos un libro, y muchas veces algunos lo cogen sólo para leer y recordar el título, por si les preguntan si han leído alguna vez algo en su vida.
Si queremos que nuestro nivel cultural esté en el lugar que debería por nuestro desarrollo económico, habría que conseguir que nadie acabara un año sin leer al menos un libro, pero yo, he de reconocerlo, que me doy por vencido de antemano.

Antonio Blázquez Madrid-Noviembre/2009

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jueves, 29 de octubre de 2009

Los Otros Pasos

® LOS OTROS PASOS

© Autor: Antonio Blázquez Madrid


(Micro-relato finalista y publicado en la III Antología de Vivencias – 2009 por Ediciones Orola)


Uno, dos, tres, cuatro, cinco pasos, y la sensación de que alguien me sigue me intranquiliza.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Los mismos pasos contados de uno en uno, y la misma extraña sensación me invada una y otra vez.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Me paro a escuchar, como hago siempre, y aunque nada oigo presiento que otros pasos están detrás de mí.
Lo tengo bien medido: el pasillo de la casa mide cinco pasos de ida y otros cinco, iguales, para volver al punto de inicio. Es un camino que comencé a recorrerlo a las cinco en punto de una noche llorosa y ya lejana, y que no he dejado de andar y desandar desde entonces, sintiendo que me persiguen, aunque habite sola en la casa.


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domingo, 25 de octubre de 2009

Juego Perverso

® Juego Perverso

© Autor: Antonio Blázquez Madrid


(Relato finalista en el I Concurso de Relatos de Terror, y publicado por la Editorial Círculo Rojo en la Antología de Relatos de Terror-2009. Título: ‘Déjame Salir’)



— ¿Mami, jugamos a presos y policías?
— ¿Niña, desde cuando te gusta jugar a eso?
— Lo he aprendido, mami, me lo han enseñado en el parque.
— ¿Y cómo se juega?
— Mira, yo te ataré a la cama con los lazos de mis coletas, y tú serás la mala y yo seré quien llame al policía bueno para que te lleve con él.
— Pues si a ti te apetece juguemos, cielo.

La tarde ya había terminado sus horas y las sombras comenzaban a cubrir las pareces blancas del dormitorio. La niña fue quitándose las cintas que recogían su pelo,
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'DÉJAME SALIR' Antología de Relatos de Terror


Ya está a la venta, en su edición limitada, el libro con los 23 relatos finalistas del certamen de terror organizado por la Editorial Círculo Rojo. No te quedes sin él.
«La emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido». Así define uno de los magos del terror, H.P. Lovecraft, al miedo. Un miedo que vive en el folklore popular de todas las culturas, y en el subconsciente más profundo de cada persona. Desde el romanticismo de finales del s. XVIII y principios del XIX, el cuento de terror ha estado presente, y de forma muy aplaudida, en el panorama literario.
Los relatos de Edgar Allan Poe o del mencionado Howard Phillips Lovecraft han desvelado las noches más oscuras de millones de lectores a lo largo de los años,
y aún lo siguen haciendo, ahora con la ayuda de genios como Clive Barker, Anne Rice o Stephen King, que han dotado al género de las novedades propias de nuestro mundo actual, pero sin dejar de mirar a esos pioneros que nos sobrecogieron, hurgando en nuestros miedos interiores, en nuestras pesadillas, y en nuestra mente.
“Déjame salir” pretende ser un homenaje al terror, a esos cuentos que no podíamos dejar de leer, pero con la luz encendida; a esos fanzines ochenteros de horror; a esas películas que veías medio tapado con las sábanas, a la espera de un susto que llegaba cuando menos lo esperabas.
23 relatos que no te dejarán escapar. Déjate atrapar por los cuentos finalistas del I Certamen de Relatos de Terror de la Editorial Círculo Rojo. Te sorprenderás. Con Prólogo de Teo Rodríguez (Diarios del Miedo).


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