sábado, 4 de agosto de 2012

VIII CONCURSO LITERARIO BONAVENTURIANO

Universidad de San Buenaventura Cali ACTA DEL JURADO. VIII CONCURSO LITERARIO BONAVENTURIANO DE POESIA y CUENTO 2012 El martes 17 de Julio de 2012, se reúne el Jurado del VIII CONCURSO LITERARIO BONAVENTURIANO DE POESÍA Y CUENTO, en la Universidad de San Buenaventura Cali, para tras varias sesiones de trabajo y deliberación, llegar a conclusiones y otorgar los Premios y Menciones correspondientes al VIII CONCURSO LITERARIO BONAVENTURIANO DE POESÍA Y CUENTO. Por unanimidad el jurado concuerda en la alta calidad de la mayoría de las obras de los 901 escritores de 33 países participantes: Albania, Alemania, Argentina, Bielorrusia, Bolivia, Canadá, Cuba, Colombia, Comores, Costa de Marfil, Chile, El Salvador, Ecuador, Egipto, España, Estados Unidos de América, Francia, Gran Bretaña, Guatemala, Gabón, Honduras, Italia, Israel, Malasia, México, Nicaragua, Panamá, Perú, Puerto Rico, República Dominicana, Rumanía, Uruguay, Venezuela. Para todos ellos nuestro reconocimiento, nuestras congratulacionesLos países con mayor participación fueron: Argentina, Perú, México y Colombia. La gran mayoría de los escritores que respondieron a nuestra convocatoria son estudiantes, docentes y egresados de prestigiosas universidades e instituciones educativas del mundo, incluyendo a la Universidad de San Buenaventura, que tiene concursando obras de escritores de la Sede y de las tres seccionales, lo que reafirma a nuestro Concurso literario como un importante espacio de gesta creativa y literaria en el ámbito universitario a nivel nacional e internacional. La Universidad de San Buenaventura Cali agradece la especial colaboración de la Cátedra Iberoamericana Itinerante de Narración Oral Escénica y de su director el reconocido maestro, escritor, poeta y dramaturgo cubano-español Francisco Garzón Céspedes, tanto en el proceso de convocatoria, como en el comprometido y exigente de selección de las obras presentadas al Concurso, apoyando a nuestro grupo de trabajo con la activa su activa participación y la de la cátedra Iberoamericana Itinerante de Narración Oral escénica. El jurado, integrado por tres prestigiosos creadores, docentes universitarios, escritores y promotores culturales: SALOMÉ GUADALUPE INGELMO (ESPAÑA) Doctora en Filosofía y Letras por la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) con Tesis en régimen de cotutela con la Università degli Studi de Pisa, Italia. Miembro del Instituto para el Estudio del Oriente Próximo, con sede en la UAM. Profesora honorífica de la Universidad Autónoma de Madrid. Sus textos narrativos y dramatúrgicos han recibido numerosos premios internacionales y nacionales y se encuentran editados en diversas antologías. Es Jurado Permanente del Concurso Literario Internacional “Ángel Ganivet” (Cuento y Poesía) de Finlandia con la colaboración de la Dirección General de la Ciudadanía Española en el Exterior, el Ministerio de Trabajo e Inmigración de España, la Embajada de España en Helsinki, la Universidad de Helsinki, las Embajadas de Argentina, México, Chile, Cuba, Perú, Venezuela, la agencia Española de Turismo en Finlandia, la Cátedra Iberoamericana Itinerante de Narración Oral Escénica (CIINOE) y la agencia de viajes Hispania. Ha recibido prestigiosos premios literarios en los últimos años. Es ganadora absoluta del II Concurso Internacional de Microtextos Garzón Céspedes 2010, organizado por la Cátedra Iberoamericana Itinerante de Narración Oral Escénica (CIINOE); II Premio “Paso del Estrecho” de la Fundación Cultura y Sociedad de Granada; I Premio “Prologando a los clásicos” de la Editorial Nemira, etc. Ha resultado segundo premio en: III Certamen Literario “Paso del Estrecho” de la Fundación Cultura y Sociedad de Granada, XVII Certamen de Relato Breve y Poesía “Mujerarte” de la Delegación de la Mujer de Lucena, X Certamen Literario "Federico García Lorca" del Ayuntamiento de Parla, VI Premio “Briareo” de Cuentos organizado por la Asociación de Amigos de los Molinos de Mota del Cuervo, Certamen Literario Nacional José María Franco Delgado de la Hermandad de los Estudiantes de San Fernando de Cádiz, I Concurso de Leyendas PJ SICA. Ha sido Premio Extraordinario de Cuento Hiperbreve en el Concurso Internacional de Microficción para Niñas y Niños “Garzón Céspedes” 2009 de la CIINOE. Se concedió el Premio Internacional de Soliloquio Teatral Hiperbreve “Garzón Céspedes” 2011 a su texto Medea encadenada. Su obra La maldición de Casandra obtuvo el Premio Internacional de Monoteatro Sin Palabras Hiperbreve “Garzón Céspedes” 2011. Así mismo ha resultado finalista y ha recibido diversos accésit en buen número de certámenes literarios: I Premio Nacional de Relato Corto sobre Texto Científico de la Universidad de Murcia, XIII Premio Internacional Julio Cortázar de Relato Breve 2010 de la Universidad de La Laguna, Premio "Las redes de la memoria, 2008" de la Asociación Globalkultura Elkartea, I Premio Grup Loebher de Relato Temático, Certamen de Relatos Cortos Mujeres sin Fronteras, XVIII Concurso Literario San Martín de Valdeiglesias, I Certamen Internacional de Literatura Hiperbreve “El Rioja y los 5 Sentidos”. LUISA MARÍA GUERRA (CUBA/COLOMBIA) Escritora, docente universitaria, promotora y gestora cultural. Ha publicado libros de poesía y cuento que han sido traducidos a diferentes idiomas. Fue durante más de treinta años especialista en promoción de la cultura y las Artes en el Ministerio de Cultura de Cuba. Por su extraordinaria labor en el campo de la cultura y las artes ha sido distinguida con importantes reconocimientos nacionales e internacionales. Ha participado en eventos culturales en España, Alemania, Bulgaria, Rusia, Francia, Venezuela, México, cuba, colombia, entre otros países. Ha sido jurado de prestigiosos concursos literarios. PEDRO MARIO LÓPEZ DELGADO (CUBA-COLOMBIA). Licenciado en Historia del Arte en la Universidad de la Habana, Magister en Educación: Desarrollo Humano, Universidad de San Buenaventura, seccional Cali. Poeta, narrador, dramaturgo. Premiado en importantes Concursos literarios nacionales e internacionales, entre ellos el Premio Concurso literario nacional “13 de Marzo”, convocado por la Universidad de la Habana. Premio concurso DAVID de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba. Premio Nacional de Literatura para niños y jóvenes “LUÍS ROGELIO NOGUERAS”, La Habana, Cuba. Mención en el concurso internacional de poesía “LETRAS DEL MUNDO”, convocado por la Editorial Nueva Era, Buenos Aires, Argentina. Es docente y coordinador del área artística y cultural de la Dirección de Bienestar Institucional en la Universidad de San Buenaventura, Cali. Coordina la realización del Concurso Literario Bonaventuriano desde su primera edición. El jurado decidió, después de analizar las obras presentadas por los 901 participantes, otorgar los siguientes premios y menciones: PREMIOS CUENTO: . PRIMER PREMIO: CIUDAD PERDIDA. AUTORA: JENNY VALENCIA ALZATE. CALI, COLOMBIA. Estudiante de noveno semestre de Licenciatura en Literatura en la Universidad del Valle y cronista del periódico cultural La Palabra de la Universidad del Valle. . SEGUNDO PREMIO: NIÑO Y PÁJARO. AUTOR: SEBASTIÁN MARCELO BASSANO. SANTA FE, ARGENTINA. Ingeniero civil, escritor aficionado. . TERCER PREMIO: LAS LÍNEAS DE LA MANO. AUTOR: ANTONIO BLÁZQUEZ. MADRID, ESPAÑA. Ha sido reconocido con importantes premios literarios en concursos nacionales e internacionales. MENCIONES CUENTOS . GRUPO NO VIOLENTO. AUTOR: MIGUEL FERNANDO CARO GAMBOA, CALI, COLOMBIA. Reconocido escritor y promotor cultural colombiano. Docente de la facultad de derecho de la Universidad de San Buenaventura, Cali. . ADOLECIDOS. AUTOR: AMAURYS GARCÍA CALVO. LA HABANA, CUBA. Egresado de la Facultad de Derecho de la Universidad Central, Villa clara, Cuba. Ha sido reconocido con importantes premios literarios. . BÚSQUEDA. AUTOR: DENNIS ARIAS CHÁVEZ. PERÚ. Magister en Educación Superior, docente e investigador universitario. Escritor que ha sido reconocido con importantes distinciones nacionales e internacionales. . SUPER ALMACENES LA FORTUNA AUTOR: ALFREDO BALDOVINO BARRIOS. EL CESAR, COLOMBIA. Estudiante de Español y Literatura. Ha sido merecedor de importantes reconocimientos literarios. Ha publicado sus obras en diferentes medos culturales de su región. . PASAJE EN DIRECCIÓN ÚNICA. AUTOR: HERTOR JULIO GARCÍA GAONA. BOGOTÁ. COLOMBIA. Estudiante de Creación Literaria, Universidad Central de Colombia. . LAS MANZANAS. AUTOR: DANIEL MARTÍ MORENO. VALENCIA, ESPAÑA. Estudiante Universitario de Filología Hispánica. Docente de Lengua y Literatura. Ha publicado algunas de sus obras en diferentes medios de su país. PREMIOS POESÍA. . PRIMER PREMIO: MOMENTO DEL DECIR. AUTOR: DANNY LEÓN MONCADA. BUCARAMANGA, COLOMBIA. Estudiante de la Licenciatura en Español y literatura de la Universidad Central de Santander. . SEGUNDO PREMIO: ALGUIEN SUBE EN ARBOL POR LA LLUVIA. AUTOR: MAURICIO CAPPELLI. CALI, COLOMBIA. Ingeniero industrial, egresado de la Universidad del Valle. Especialista en gestión de talento humano vinculado a la Universidad Libre, Cali, Colombia. Ha sido merecedor de importantes reconocimientos literarios. . TERCER PREMIO: MY DIORAMA. AUTOR: BORIS ROZAS BAYON. ESPAÑA. Ha sido reconocido con importantes premios y menciones en concursos literarios nacionales e internacionales. Ha publicado sus obras en diferentes antologías y medios de su país. MENCIONES: . ENERO, ÚLTIMOS DÍAS. AUTOR: JOSÉ LUIS VISCONTI. LA PLATA, ARGENTINA. Periodista egresado de la Escuela Superior de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata. Licenciado en comunicación social, Universidad de La Plata, Argentina. Ha obtenido premios literarios de mucha importancia y publicado sus obras en diferentes libros, antologías y medios literarios de su Páis. . TRANSEÚNTES DEL INSOMNIO. AUTOR: JENNY BERNAL. BOGOTÁ, COLOMBIA. Gestora cultural y co-fundadora del Festival de Narrativa y Poesía “Ojo en la Tinta”. Actualmente coordina la sección de literatura de la revista Contestarte de la Universidad Nacional de Colombia. Sus poemas han aparecido en diferentes revistas virtuales e impresas de México, Chile y Colombia. . MÁSCARAS. AUTOR: JUAN MIGUEL CRUZ SUAREZ. CUBA. Ha sido ganador de importantes premios en concursos literarios en diferentes países. Sus obras han sido publicadas en antologías y otras ediciones literarias en diferentes naciones. . AVE MORTAL. AUTOR: LETICIA SALAZAR CASTAÑEDA. DURANGO, MÉXICO. Reconocida con importantes distinciones literarias. Sus novelas, cuentos y poemarios han sido publicadas por diferentes editoriales. Para que así conste firman la presente, SALOMÉ GUADALUPE INGELMO LUISA MARÍA GUERRA PEDRO MARIO LÓPEZ DELGADO Leer más...

martes, 3 de julio de 2012

Noticias/prensa/Editores

Noticias/prensa/Editores
Ya tenemos finalistas para la III Edición de los Premios Atlantis "La Isla de las Letras". Se desvela la lista de títulos finalistas que competirán por alzarse con el galardón de mejor obra del año en las diferentes categorías en una nueva edición de los premios literarios "La Isla de las Letras", en las que participan diferentes novelas publicadas durante el año 2011.

Categoría: Novela Urbana
Novelas finalistas:

Título: Cartucho                       Autor: Miguel Ángel Ambrosio
Título: El Triángulo                  Autor: A. Blázquez Madrid
Título: Vuelve la inquisición    Autor:  Carlos Cebrían
Título: El barro y la costilla     Autor: Julio Antonio García Leer más...

viernes, 15 de junio de 2012

Feria del Libro de Madrid 2012 - firma

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domingo, 3 de junio de 2012

"La Caja"

® LA CAJA

© Antonio Blázquez Madrid

( Cuento publicado en la Antología “Madrid: Golpe a la Crisis” )
      -12 narradores en clave de cuento - Mayo/2012-

       Vivía sola en la calle El Laurel, en el centro de los barrios antiguos de la ciudad: callejuelas pequeñas y estrechas y los edificios con un cierto olor a viejo y desconchones en sus fachadas. Las casas no tenían ascensor, ni calefacción, pero lo importante es que eran baratas; lo que quiero decir es que el alquiler que pagaba por una de esas viejas viviendas era más bien poco. La crisis, la maldita crisis me había dejado sin trabajo y con una mísera paga mensual como nueva desempleada, que cobraba con ansiedad, para cubrir mis gastos más perentorios, a primeros de cada mes a través de la oficina de empleo (siempre me ha parecido absurdo, e incluso insultante, que llamen oficina de empleo al lugar donde día a día hacemos cola durante horas los que no tenemos trabajo). Es verdad que sin marido ni pareja fija, y sin hijos ni otras responsabilidades familiares de ese tipo, bien podría haber vuelto a la casa paterna cuando caí en el negro pozo del paro, pero después de unos cuantos años viviendo con la libertad que da la independencia, no era una opción que me sedujera demasiado y, por eso, preferí reducir al mínimo mis gastos personales e irme a vivir a un piso más acorde con mi nueva y escasa economía, antes de perder esa independencia y libertad a la que ya me había acostumbrado. Mi vecino de escalera era Jorge; con él mantenía largas charlas y juntos compartíamos algunos placeres y secretos personales a la luz de una solitaria y poco decorativa bombilla. Habíamos aprendido a completar y decorar nuestras respectivas casas con lo que los más pudientes iban dejando en la calle. No quiero decir con esto que fuéramos unos tristes buscadores de objetos tirados en la basura, ¡no!, simplemente que algún que otro elemento de los utilizados en la casa procedía de lo que otros ciudadanos, en mejor situación económica, habían ido abandonando. Por lo demás, éramos felices, y siempre había un par de cervezas dispuestas para la hora de la tertulia. Tal vez por la costumbre adquirida, aquella tarde, cuando volvía a casa, mi mirada se posó sobre una caja abandonada al lado de los cubos de basura. Era de tamaño medio, atada con una cuerda, y seguramente alguien la habría tirado allí para que fuera recogida por los basureros al anochecer. Estaba en una esquina, a escasos metros del portal donde vivía. La curiosidad me hizo dar la vuelta en mi camino, y volví a pasar por delante de ella. Era una caja sin nada especial en su exterior, ningún detalle que le diera un cierto atractivo; ni una triste marca comercial decoraba su existencia; ni siquiera era blanca. Era una simple caja de cartón de color cartón: ese color frío, triste, indefinido e indefinible. Era lo que se puede decir una caja común, sin pedigrí, Capsa Vulgaris, que dirían los científicos, y allí estaba tirada, como se tira en esta sociedad todo lo que ya no interesa. Pobrecita, tan nueva y allí abandonada a su suerte. La miré una y otra vez y pensé en lo útil que me sería para guardar todos los cachivaches que tenía esparcidos en mi salón. Pero no me atrevía a cogerla, pues parecería una vagabunda cualquiera, y tampoco era eso; yo tenía mi dignidad aún integra y no quería dar la imagen entre la vecindad de que estaba necesitada hasta esos extremos. Estando en esos pensamientos se cruzó en mi camino mi mejor vecino y amigo, Jorge. Nos saludamos y comenzamos a charlar de mil y un asuntos: de las escandalosas cifras del paro; de las incomprensibles y multimillonarias ayudas dinerarias a los bancos; de las subidas de impuestos a los de siempre, sin tocar a los que más tienen; de los recortes sociales y de la pérdida de derechos laborales; de… Vamos, que no éramos muy originales en nuestras conversaciones, quizá, porque, en el fondo, todas esas cuestiones nos estaban afectando demasiado a nuestras vidas y a nuestro futuro. Aún recuerdo cómo nos conocimos: fue una tarde de agosto, a raíz de una pequeña pelea por un ventilador que algún vecino había dejado en el mismo lugar que ahora ocupaba la caja. Había sido el verano anterior; el calor en las viviendas superaba lo humanamente aguantable, y los dos lo vimos desde nuestras respectivas ventanas y nos lanzamos escaleras abajo para convertirnos en su dueño. Llegamos al mismo tiempo, y lo agarramos con fuerza sin querer ceder nuestra parte del botín. Al final, la generosidad de Jorge me hizo propietaria de aquel aparatejo, y yo lo invité a tomar una cerveza en mi casa. Y así surgió una buena e íntima amistad. Como no tenía ninguna prisa, ni nada importante que hacer, seguí allí, en la esquina de la calle, hablando durante un largo rato con Jorge, y mientras charlábamos de nuestras cosas y nos contábamos nuestros problemas, vi cómo un niño, con una enorme pelota, daba golpes a la caja sin ninguna consideración. La caja resistía lo suyo, pues ni se movía del sitio; parecía claro que tenía aguante y que no se arrugaba fácilmente. Un golpe y otro golpe, un pelotazo y otro pelotazo. El dichoso niño no paraba; me pareció un maleducado, y su madre, que se hallaba a escasos metros cotilleando con otra vecina, una mala madre. ¿Cómo era posible que no agarrara de las orejas a ese pequeño Atila y le enseñara un poco más de civismo? Ella seguía con su cháchara sin preocuparse de que aquel enano podía destrozar a la indefensa caja. Claro, como era una caja común, nada le interesaba. Quizá si hubiera sido una caja de relumbrón o muy decorativa, a lo mejor no hubiera dejado que su bárbaro hijo la golpease tan alegremente, pero como era una Capsa Vulgaris, ¿qué más daba? Sentí rabia, y al mirar a Jorge me di cuenta que a él le pasaba lo mismo, pues no quitaba ojo al niño, y con disimulo se había ido moviendo hasta interponerse entre el infantil vándalo y la pobre y maltratada caja. Él no me comentó nada, pero intuí que también se había interesado por ella. Intentó moverla con el pie, pero la dichosa cajita aguantó el envite y no se movió del sitio ni un centímetro. Era una caja con peso propio, y dispuesta a mantener su integridad. A la curiosidad se unió ahora el suspense y la intriga: ¿Qué habría dentro? ¿Qué secreto guardaría en su interior? El frío se estaba adueñando de la tarde y decidimos dar por finalizada la conversación y adentrarnos en el interior del edificio, no sin antes echar una última mirada a la caja. Entré en casa, y me dejé caer sobre el sofá del salón para relajarme, pero dentro de mi cabeza seguía presente aquella imagen de cartón. Me levanté y fui hasta la ventana, desde allí podía verla: estaba sola, la calle se había quedado desierta, un intenso frió había hecho que desapareciera hasta el último rastro de vida, pero ella permanecía allí sin moverse, como un cosaco aguantando en su trinchera a pesar del frío. Por la esquina apareció una señora gorda con una bolsa de basura en la mano. Se acercó hasta los cubos y, sin molestarse en abrir la tapa e introducirla en uno de ellos, dejó la mugrienta bolsa sobre la caja. Me indigné. Allí estaba la pobre, no sólo congelada, sino ahora mugrienta y sucia: ¿Cómo es posible que haya gente con tan poco corazón? El mundo no está hecho para los pobres —pensé— siempre soportando la brutalidad y la mierda de los demás. Reflexioné por un momento: ¡me estaba volviendo tarumba por una caja! No merecía la pena, no estaba dispuesta a traumatizarme por una simple y vulgar caja de cartón nada decorativa, y que, seguramente, contendría alguna porquería en su interior. ¡Olvídate!, me dije con firmeza, y para curar mis males, aunque fuera con otro mayor, conecté la televisión y me dispuse a ver un programa cualquiera. Habrían pasado escasamente un par de horas cuando escuché el repiqueteo del agua sobre el cristal. Había comenzado a llover. Siempre me encantaba mirar la lluvia a través de los cristales. Me acerqué al ventanal, y sentí una agradable sensación al ver cómo las gotas se rompían contra el cristal y caían mansamente por la suave superficie. Mi mirada fue involuntariamente hacia la esquina. Debajo de la luz de la farola y junto a los cubos de la basura ella seguía quieta. Sobre su cuerpo caía el agua inmisericorde. Aguantaba estoicamente, ni una arruga se le podía ver en su exterior, estaba demostrando ser fuerte y dura, dispuesta a aguantar los golpes, el frío, la lluvia y lo que hiciera falta. Me dio lástima y pensé de nuevo que muy bien me podría servir para guardar todos los artilugios que andaban sueltos por la casa, y, además, me dije para convencerme, ahora no hay ningún vecino en la calle. Sin pensarlo dos veces, abrí la puerta y bajé con rapidez las escaleras. Fue una sorpresa ver allí, en la misma esquina, a Jorge. Nos miramos a los ojos durante unos segundos, después a la caja, y no hubo más que explicar, los dos habíamos pensado lo mismo, por lo que la cogimos entre ambos, después de apartar de su cuerpo la bolsa mugrienta llena de basura, y la llevamos corriendo hacia el portal para evitar la lluvia. Pesaba más de lo esperado. Antes de subirla decidimos abrirla para evitar sorpresas desagradables, pero, aún no sé por qué, tal vez por el temor a descubrir algo no deseado en su interior, no llegamos a cortar la cuerda que la ataba. Agarrándola cada uno de un lado fuimos subiendo al unísono los peldaños hasta alcanzar la cuarta planta donde vivíamos. En el rellano de la escalera, inconscientemente, cada uno tiramos hacia la puerta de nuestra casa, sin darnos cuenta que nuestras manos estaban enlazadas a la misma cuerda. Nos miramos y reímos. ¿A la tuya o a la mía?, pregunté, y de nuevo su generosidad hizo que la caja terminara depositada en mi salón, junto al televisor. Él me dijo que era ya tarde y que mejor no abrirla hasta la mañana siguiente. Me pareció una buena idea, y nos despedidos con una sonrisa cómplice. La mañana amaneció soleada. Preparé café para dos. Cuando el aroma comenzaba a llenar cada rincón de la cocina sonó el timbre de la puerta. Atravesé el salón para abrir, y al pasar por delante de la caja no pude resistir detenerme delante de ella unos segundos preguntándome qué escondería en su interior. Parecía como nueva, las arrugas que el agua había dejado en su superficie habían desaparecido. Dejé de mirarla y fui a abrir la puerta. Hola, me dijo Jorge al entrar con un tono de voz que denotaba que estaba contento. Serví el café en la mesa grande del salón, y mientras lo tomábamos jugamos a adivinar el contenido de la caja. La mirábamos una y otra vez al mismo tiempo que nos mirábamos nosotros.
 — ¿Cuándo la abrimos? —preguntó.
 — No sé. Me empieza a gustar tener un secreto dentro de mi casa compartido contigo —respondí sin pensarlo. Jorge se rió de mi ocurrencia.
 —Bueno, no importa, no tenemos prisa, podemos abrirla esta tarde, o quizá mañana, —dijo.
Agradecí su comprensión cogiendo su mano, y añadí.
— Lo importante es que ahora ya es nuestra y nadie se la va a llevar. Me parece un regalo llegado del cielo y envuelto entre nubes— lo cual me arrepentí de haberlo dicho en el mismo instante que terminé de pronunciar la última letra, pues me di cuenta que era una estúpida cursilería más propia de una quinceañera enamoradiza, pero ya estaba dicho, y a él pareció no haberle molestado. Terminamos el café, y con un hasta luego nos despedimos para ir él a su trabajo y yo a unos cursos en los que me había apuntado en la oficina del paro. Por la tarde llegué a casa antes de lo habitual. Subí corriendo las escaleras y entré derecha al salón sintiendo un inexplicable temor a que la caja hubiera desaparecido, pero no, seguía allí, quieta, impasible, haciendo compañía al televisor. Me llamé idiota repetidamente. ¿Quién se iba a llevar algo sin ningún valor aparente, o por qué…? De verdad era una tonta —pensé. Sabía que Jorge aún tardaría en llegar. Me acomodé en el sofá enfrente del televisor para esperarle, y como embobada me quedé mirándola. ¿Y si la abriera ahora que estoy sola?, me sugerí. Pronto descarté la idea; me pareció ruin y desleal. Era de ambos, algo que debíamos compartir. Para no seguir pensando en ello encendí el televisor y me dispuse a ver una serie cualquiera. Cuando las sombras comenzaron a oscurecer la calle, sonó el timbre de la puerta. Me apresté a abrir. Bajo el dintel la figura de Jorge. —Hola —dijo con voz cansada—, he tenido un mal día, ¿te importa si lo dejamos para mañana? —Claro, no te preocupes—asentí. —Gracias — y levantando la mano, en forma de despedida, sin más se dio media vuelta hasta la puerta de su casa. Cerré, sin saber si alguno de mis sentimientos había sido herido. Apagué las luces, y me fui a acurrucar, con un libro en las manos, entre las arrugadas sábanas que cubrían la cama, para intentar distraerme. Los días siguientes no pude ver a Jorge: unas veces porque se había retrasado, otras porque yo no pude llegar a tiempo, pero la realidad es que al llegar la noche, cuando me encontraba sola, me preguntaba cuándo íbamos a poder abrirla; incluso algún temor me llegó a invadir pensando que algo de su interior pudiera comenzar a pudrirse y a llenar de nauseabundos olores la habitación. Al fin, una mañana de domingo, coincidimos comprando el pan en la tienda de la esquina. Nos dimos y pedimos disculpas y perdones varios, y quedamos en que esa misma noche, sin más demoras, descubriríamos el contenido oculto de aquella caja de color cartón y sin marca alguna que la identificara, que se había convertido en nuestra propiedad compartida y nuestro secreto pendiente. Al regresar de la compra puse el pan sobre ella y la contemplé, y como si pudiera entenderme, dije en voz alta: “Esta noche sabré lo que escondes y descubriré tu misterio”, y permanecí de pie esperando una contestación que nunca me podría dar. Pasaron lentas las horas del domingo, hasta que en el reloj dieron las nueve y quince minutos, ya con las sombras reptando por las paredes. El teléfono repiqueteó. Corrí a cogerlo. Era la voz de Jorge: —Hola —dijo —Te estoy esperando —contesté—, puedes venir cuando quieras. —Perdona, lo siento, estoy en casa de mis padres… un asunto urgente. Si no te molesta lo dejamos para otro día. —Vale —dije sin más. Colgué el auricular y sentí un escalofrío al escuchar el gran silencio que quedó a mi alrededor. Dolida, fui a la cocina y cogí un cuchillo, y sin esperar más me dispuse a cortar la cuerda que cerraba la caja: al fin y al cabo yo había cumplido mi parte del trato. Primero acaricie su cuerpo hecho de papel áspero y con aquel color frío y triste; después introduje el cuchillo entre la cuerda y el cartón, y lancé una brusca cuchillada que partió la cuerda en dos. La tapa que la cubría pareció que se ensanchaba, como si respirara con ansiedad al verse liberada. La agarré y fui abriéndola lentamente con un deseo irresistible, y al mismo tiempo con un irracional temor, de descubrir cuál era el misterioso secreto escondido en su interior, pero en el último segundo me entró una especie de arrepentimiento, y no pude hacerlo. Y aunque luego él nunca me creyó, usted debe saber que lo que yo hice a continuación fue coger la caja y, despacio, pues pesaba lo suyo la muy condenada, la baje desde el cuarto piso peldaño a peldaño, y la arrastré por la acera hasta dejarla abandonada en la misma esquina donde la encontramos, junto a los hediondos cubos de basura, para que fuera recogida por los basureros o por cualquier otra persona que pasara por allí aquella noche y que se interesara por ella. Sin volver la vista atrás retorné sobre mis pasos hasta el portal de la casa. Fui subiendo los peldaños de dos en dos, como si tuviera prisa en olvidarme de todo. Llegué al descansillo de la escalera del cuarto piso con la respiración entrecortada. Abrí la puerta. Entré y fui derecha hasta el ventanal del salón y, desde allí, protegida por el cristal y la noche, la miré por última vez antes de bajar la persiana. Después, me dejé caer sobre el viejo sofá y recordé las muchas ocasiones en las que había estado sentada, allí mismo, con Jorge a mi lado, ese vecino que había sido hasta entonces mi mejor compañero de tertulias y mi más íntimo amigo con muchos secretos compartidos, y comencé a pensar en la crisis personal que me invadía, mientras miraba mi silueta solitaria que se reflejaba oscura en la pantalla del televisor apagado.
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lunes, 28 de mayo de 2012

Presentación de la Antología 12 autores en clave de cuento - La Crisis

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lunes, 21 de mayo de 2012

Firma en la Feria del Libro de Madrid

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domingo, 20 de mayo de 2012

Nueva Antología: "Crisis"




¿Crisis? ¿Qué crisis? ¿Realmente hay una crisis económica, social, ideológica, religiosa o afectiva? 12 escritores de Madrid, con su personal estilo y su particular interpretación literaria, nos cuentan su visión de la crisis a través de 12 relatos; 12 narraciones incluidas en la nueva antología que Ediciones Atlantis publicará en las próximas semanas.

Enfréntate a la crisis leyendo los originales relatos que han escrito para ti estos autores.

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sábado, 12 de mayo de 2012

Feria del Libro de Madrid - 2012

   Ya está próxima la feria del libro de Madrid; tal vez la más importante muestra editorial a nivel nacional, que se repite año a año con una gran afluencia de lectores y curiosos en busca de alguna interesante novela o cualquier otro tipo de libro. Este año tengo la suerte de poder ser partícipe activo de este evento literario, pues el día 8 de junio (viernes), por la tarde, entre las 17,30 h. y 19,30 h, estaré firmando ejemplares (espero que muchos) de mi novela: "El Triángulo". En la caseta nº 41 me podrá encontrar todo el que quiera pasar por allí para charlar un ratito o para comprar algún ejemplar del libro, ya sea para si o para regalar a algún amigo; y que se lo dedicaré y firmaré con todo cariño y agradecimiento. Quedáis todos invitados para ese día en la Feria del Libro de Madrid, caseta nº 41.
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sábado, 14 de abril de 2012

Entrevista

Esta es una entrevista que me han hecho en el blog literario: "mi sala de lectura", con la colaboración del grupo de facebook: "con los autores noveles", con preguntas que han ido proponiendo los seguidores/as del citado blog y del grupo del facebook.

Os dejo aquí el enlace a la entrevista, por si tenéis interés en verla:

http://misaladelectura.blogspot.com.es/2012/04/entrevista-al-autor-de-el-triangulo.html
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martes, 21 de febrero de 2012

Conocer al Autor




Enlace a la web: CONOCER AL AUTOR.COM
http://www.conoceralautor.com/libros/ver/MjQzMw==
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jueves, 16 de febrero de 2012

El Libro Viajero

Desde Facebook, el "Club de Lectura: Con un Libro entre la Manos", ha puesto en marcha una idea para que cinco libros pasen de mano en mano durante todo el año, recorriendo toda España, con la única condición de que cada lector lo pase a otro cada quince días.
Entre los libros elegidos está mi novela: EL TRIÁNGULO.
Espero y deseo que cada lector disfrute de la lectura de estos cinco libros.

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jueves, 26 de enero de 2012

Procuremos que no llegue a pasar esto



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martes, 17 de enero de 2012

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domingo, 15 de enero de 2012

Ni siquiera eso

® NI SIQUIERA ESO

© Antonio Blázquez Madrid



(Micro-relato finalista en el V Certamen Literario Premio Orola 2011)



Murió a las cinco, a las cinco en punto de la madrugada. Lo sé porque pude escuchar a lo lejos las cinco campanadas que salieron del campanario y cruzaron el pinar hasta el lugar en el que estaba tendido su cuerpo. No sé cómo tuve fuerzas para arrastrarlo y cubrir el hoyo. Aunque más me hubiera valido dejarlo allí, tal y como estaba. Después tuve que explicarlo mil veces, porque no me creyeron. Insistieron, una y otra vez, en que les diera el nombre, el nombre del cómplice que, supuestamente, debía de ser también mi amante. No fueron capaces de entender que él había cavado el hoyo para mí; y que la bala la tenía preparada para mí; y que sólo la bendita fortuna hizo que la pistola se le disparase a destiempo y en la dirección menos oportuna, para su desgracia; y que yo sólo acabé lo que el había ideado maliciosamente contra mí. Pero ni eso supo hacer bien en su vida, y hasta su deseada muerte ha sido para mí una desgracia.

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lunes, 12 de diciembre de 2011

Cuento triste de Navidad

® UNA CUNA DE CARTÓN

© Autor: Antonio Blázquez Madrid


En el vestíbulo apagado de la sucursal bancaria, el niño recién nacido tiritaba bajo los periódicos que tapaban su cuerpo desnudo. Tumbada a su lado, sobre el suelo sucio, una mujer joven y escuálida se sujetaba el vientre aún dolorido. Se quito el raído jersey que cubría su torso, para arropar al niño que se acurrucaba en la caja que le servía de cuna. Al otro lado de la puerta, el cajero automático iba entregando sus billetes: ahora a uno, después a otro, y a otra, y a otro, que se abrazaban y seguían su parranda por la calle.
Entre los periódicos arrugados se podía leer en grandes letras, adornadas con guirnaldas, la fiesta que se celebraba: FELIZ NAVIDAD 2011.
La madre, escondida en el rincón oscuro del vestíbulo, y cubierta por la sombra del cajero, miraba con ternura a su pequeño. El niño lloraba, encogido dentro de la caja de cartón.
<<No llores mi niño, no llores, que estoy aquí junto a ti. Hoy es Navidad, y el Niño Dios nació como tú en un pequeño portal de paja. No llores mi niño, no llores, que mamá te cuidará siempre>>.
El frío mantenía morados los labios del bebe, que intentaban arrancar un poco de comida de los secos pechos de la madre. Ella los apretaba con fuerza, en un vano intento de hacer que unas gotas de leche aparecieran en sus maltrechos pezones.
<<Espera, mi vida, espera, que pronto alguien dejará algún yogurt, o tal vez un poco de leche fresca, sobre el cubo de la basura. Espera, mi vida, que enseguida se calmará tu hambre>>.
El cajero seguía repartiendo billetes entre voces alegres que esperaban inquietas. La tarde avanzaba gris, y un viento de nieve silbaba una canción triste de navidad al otro lado del cristal. El aire helado entraba por las rendijas de la puerta, y la piel del niño se cubría de frío. La madre amontonaba periódicos viejos sobre la cuna de cartón, que los pies del niño removían en una inocente lucha por encontrar calor. Las manos del niño tiritaban.
<<No te preocupes mi niño, sólo es frío, que pasará deprisa. Cuando acabe la noche y el nuevo día aparezca, llegará el sol para espantar al frío. No te preocupes mi niño, sólo es frío, y se irá cuando llegue el día>>.
La tarde seguía avanzando y buscando la noche, y las sombras comenzaban a luchar contra las luces de colores que salpicaban el pequeño cielo artificial que colgaba entre las fachadas de las casas. En la calle se oían villancicos que salían de gargantas saturadas de champán y turrón. El cajero seguía dando billetes. En el interior, la madre cogía a su hijo entre los brazos para intentar darle un poco de calor. Los ojos inocentes y suplicantes del niño mostraban su hambre no saciada de recién nacido.
<<No sufras, mi vida, que pronto caerá la noche, y la oscuridad te hará dormir; y cuando estés dormido iremos a buscar comida puerta a puerta, que hoy es Navidad y habrá gente buena que cubrirá su conciencia con un poco de leche caliente, que hará que tu hambre deje de ser hambre para quedar convertida solamente en miseria. No sufras, mi vida, que pronto caerá la noche e iremos a buscar comida>>.
El sonido monótono y metálico del cajero seguía repitiéndose una y otra vez. El frío llenaba el interior de la caja de cartón que contenía el pequeño cuerpo del niño. Los cristales empañados dejaban ver las luces de colores difuminadas por la neblina y las siluetas felices que cruzaban por la acera. La noche seguía avanzando. El cajero seguía repartiendo dinero. Las gentes se despedían deseándose felicidad eterna. Un aire gélido inundaba cada rincón del vestíbulo, y la madre intentaba proteger con sus brazos el cuerpo helado de su hijo. El niño ya no lloraba, sólo unas lágrimas cristalinas que cruzaban su cara mostraban su agónica existencia.
<<Mi niño, mi amor, no te rindas ahora; mira la luna que ya está en lo alto. Espera, que pronto mi cuerpo tendrá leche para alimentar tu cuerpo. Mi vida, no te rindas, que no tardando mucho llegará el sol luminoso y caliente. Ven, acurrúcate entre mis pechos, deja que mi calor espante tu frío. Resiste, mi amor, mi niño, no te rindas ahora>>.
Fuera, bajo el cielo frío del invierno, los villancicos atravesaban los cristales de las ventanas de las casas, y se fundían con las luces de colores que adornaban la calle. Las risas llegaban hasta la puerta de la sucursal bancaria. Dentro, entre la oscuridad, el niño ya no tiritaba, ni lloraba, ni movía sus pequeñas manos moradas, ni pataleaba entre los periódicos viejos; estaba muy quieto dentro de la caja de cartón, y la madre dejaba escapar una lágrima al tiempo que cerraba, con sus temblorosos dedos, los apagados ojos del niño.
<<Mi niño, ahora el cielo te esperará caliente, y las nubes formarán entre ellas una cuna blanda que recogerá tu tierno cuerpo, y las estrellas lucirán toda la noche para celebrar contigo la Navidad, y cuando salga el sol, tú estarás lejos de este frío mundo que te vio nacer y que nunca quiso conocerte. Mi niño, mi amor, mi vida, ahora tendrás un cielo caliente, sólo para ti>>.
El cajero volvía a dejar caer más billetes, que alguien recogía mientras cantaba a la navidad. Al otro lado, el pequeño cuerpo del niño permanecía, inerte y frío, dentro de su cuna de cartón.
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domingo, 27 de noviembre de 2011

GRACIAS





Gracias a los que estuvisteis allí.


Gracias a los que quisisteis estar y no pudisteis.


Gracias a los que me llamasteis deseándome suerte.


Gracias a todos, porque sé que todos mis amigos se alegraron de que esta novela: "El Triángulo", viese la luz al fin.
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martes, 1 de noviembre de 2011

Presentación de la novela: EL TRIÁNGULO



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martes, 7 de junio de 2011

El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha

Un tesoro para compartir.
La Joya de la Literatura Española: El Quijote.


(entra en el siguiente enlace, y disfruta)
http://quijote.bne.es/libro.html


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lunes, 2 de mayo de 2011

Tenemos que guardar lo nuestro

® Tenemos que guardar lo nuestro


© Antonio Blázquez Madrid

(Primer premio XIII Certamen Literario “José Rodriguez Dumont” - Órgiva - Granada)


Todos los días él cerraba con minuciosidad las oxidadas puertas de hierro. Yo me quedaba mirando desde el otro lado, sabiendo que en el interior nada tenía valor. Guardar la miseria jamás fue rentable, por eso nunca entendí tanto esmero en poner la cadena y echar el candado.
— ¡Tenemos que guardar lo nuestro, Curro! —Me gritaba siempre.
Pero yo, que sabía los míseros cuscurros que comíamos, y que conocía las escasas pertenencias que había dentro, me preguntaba qué era lo que con tanto interés pretendía proteger de los extraños.
En otros tiempos mejores, había vivido detrás de otras puertas donde la comida sobraba y había sillones mullidos, hasta que decidí marcharme a conocer la vida de nuevos mundos, y acabé perdido y encontrándome con él, que me trajo hasta aquí, donde vivo desde entonces. A partir de ese momento, tuve que compartir la poca comida que quedaba sobre la mesa y sufrir los fríos de las noches de invierno. Pero siempre me gustó ser fiel, y mucho más con quien me había extendido su mano sin amenazas cuando me encontró desorientado entre calles desconocidas, y que me había ofrecido algo de su comida aunque fuese escasa. Pero a pesar de mi interés en servirle, de ser su mejor amigo, de estar a su lado siempre, nunca llegué a comprender esa especie de obsesión que padecía por proteger aquella miseria que nos rodeaba. Siempre me repetía cada noche la misma frase:
— ¡Tenemos que guardar lo nuestro, Curro!
Le conocí un día de invierno. Huyendo de la lluvia me había refugiado en un portal para pasar la
noche. Estaba tumbado sobre el frío suelo cuando él traspasó la puerta. Me pareció muy alto visto desde abajo. Temí que me echaría de aquel lugar estrecho, pero sólo sentí una patada suave contra mi cuerpo, que me hizo entender que debía de encogerme más y acurrucarme contra la esquina para dejarle más espacio. Quizá porque estaba empapado por la lluvia se acercó a mí y dejó que su cuerpo se juntara con el mío, y al poco rato nos fuimos dando calor el uno al otro, y como sin darme cuenta comencé a sentir un especial deseo de ser su compañero. Cuando las primeras luces del alba aparecieron por el horizonte, él abandonó el portal donde estábamos refugiados, y yo, perdido y sin saber a dónde dirigirme, seguí detrás de sus pasos con la mirada dócil y suplicante y un cierto temor a que rechazara mi compañía. Fuimos andando, él delante y yo detrás, hasta llegar al lugar donde ahora vivimos. Debo reconocer que la primera impresión que me produjo este sitio fue deprimente. Yo, que antes de iniciar mi desventurada aventura había estado acostumbrado a vivir en casas cómodas y bien cuidadas, no podía entender que una persona tuviera como hogar un viejo contenedor de mercancías abandonado sobre un sucio paraje. Sin embargo, como no tenía ningún sitio mejor donde ir, y dado que mi instinto me hacía confiar en ese personaje que había conocido la noche anterior, me quedé a esperar a ver cómo reaccionaba cuando me viera. Él, como si no se hubiera percatado de mi presencia, introdujo una llave en el candado que aseguraba las puertas del viejo contenedor y se metió dentro; mientras, yo me quedé esperando sentado sobre la tierra húmeda. Permanecí así hasta que el sol se puso en la mitad del cielo y, entonces, creyendo que no le interesaba mi presencia, comencé a alejarme del lugar. Pero no había dado muchos pasos cuando escuché el chirriar de las puertas del contenedor al abrirse. Volví la cabeza y le vi con un cacharro de barro en la mano que olía a comida. Toma, ven, come —oí su voz por primera vez—, y dejó la comida sobre un cajón de madera que había en el suelo. Azuzado por el hambre corrí hasta donde estaba el plato y arrebañé y lamí hasta la última gota de salsa. Y desde ese momento he seguido en su compañía, compartiendo su miseria pero también los buenos momentos.
— ¡Tenemos que guardar lo nuestro, Curro!— Me repetía a menudo, sin que yo entendiera bien a qué se refería.
Allí mismo, junto al contenedor de hierro donde vivíamos, montó una caseta de madera, cubierta con plásticos y trapos viejos, cuando ella vino a vivir con nosotros. Ella era regordeta, con el pelo lacio y su ropa sucia y un tanto raída. La encontramos una tarde que deambulábamos por las calles rebuscando aquí y allá. Iba sola, detrás de nuestros pasos, con un carrito viejo de supermercado recogiendo lo que nosotros dejábamos. Es verdad que a veces, cuando miras atrás, ves que hay otros a los que les gustaría tener tu pobre suerte, y ella me pareció uno de esos cuando la vi. La tarde era calurosa, y cansados de andar paramos un rato en un parque. Mientras yo descansaba tumbado sobre la hierba, él y ella se sentaron en un banco y hablaron, sin que yo entendiera lo que se decían, pero mi instinto me vino a decir que iba a tener que compartir con otra boca nueva la escasa comida que teníamos, sin embargo, no me importó que así fuera cuando vi los ojos de ella que brillaban con un punto de felicidad.
La pequeña caseta la construyó para que ella guardara su carrito roto y oxidado y la poca ropa que llevaba encima, y la hizo con un especial cariño que yo antes nunca le había notado, y como si dentro de aquella chabolita que había construido con tanta ilusión hubiera un tesoro oculto, escribió sobre la madera unas letras con pintura roja y el trazo grueso: “PROHIBIDO EL PASO”; unas letras que yo nunca he llegado a comprender y que él intentaba explicármelas con esa frase que una y otra vez me repetía:
— ¡Tenemos que guardar lo nuestro, Curro!
Poco duró la vida de ella en nuestra compañía. Una mañana temprano, apartó la tela que tapaba la entrada a la caseta, y cogiendo su carrito y su ropa desapareció para siempre. Cuando se hubo marchado, él salió del contenedor y clavó unas tablas en la entrada de la chabolilla, clausurándola para siempre, y después estampó su bota contra el cajón donde yo estaba sentado, y con voz amarga me gritó la frase de siempre:
— ¡Tenemos que guardar lo nuestro, Curro!
Lo nuestro, ¿qué era lo nuestro?: un contenedor de hierro oxidado y una pequeña caseta desvencijada. ¿Qué había que proteger? Yo nada veía, pero seguía haciendo lo que él me mandaba, y ponía todo mi interés y mi olfato policíaco en defender aquello que para él, al parecer, tenía un valor que en mi corto entender no lograba ver ni adivinar. Proteger la miseria, eso pensaba yo mientras permanecía atado con la cadena de hierro, soportando el frío durante las largas noches y el calor los días solitarios.
Y aquí sigo, subido al cajón de madera que está sobre la tierra enfrente del viejo contenedor de mercancías que sirve de casa a mi amo, dispuesto a lanzar al aire mis ladridos cuando se acerca alguien desconocido, para así defender lo poco que tiene mi amo y compañero, y lo único que yo tengo, que son las caricias que me hace sobre el lomo cuando me dice cada noche: “Tenemos que guardar lo nuestro, Curro”.
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domingo, 23 de enero de 2011

El Drama del Desencantado

(Un genial cuento de Gabriel García Márquez)
EL DRAMA DEL DESENCANTADO

...el drama del desencantado que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a medida que caía iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado por completo su concepción del mundo, y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa valía la pena de ser vivida.


Autor: Gabriel García Márquez
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miércoles, 1 de diciembre de 2010

El Reverso de la Inocencia


® El Reverso de la Inocencia - (JUEGO PERVERSO)

© Antonio Blázquez Madrid


(Relato finalista en el III premio literario de relatos de terror “Monstruos de la Razón – OcioZero”)


— ¿Mami, jugamos a presos y policías?
— ¿Niña, desde cuando te gusta jugar a eso?
— Lo he aprendido, mami, me lo han enseñado en el parque.
— ¿Y cómo se juega?
— Mira, yo te ataré a la cama con los lazos de mis coletas, y tú serás la mala y yo seré quien llame al policía bueno para que te lleve con él.
— Pues si a ti te apetece juguemos, cielo.

La tarde ya había terminado sus horas y las sombras comenzaban a cubrir las pareces blancas del dormitorio. La niña fue quitándose las cintas que recogían su pelo, una roja y la otra negra. La madre se tumbó sobre el edredón y dejó que su hija le atara las muñecas a los barrotes de hierro del cabecero de la cama.

— No aprietes tanto, cariño, no tan fuerte, que duele.
— Eso es porque eres mala, mami, es porque has sido muy mala.
— ¿Y ahora que hacemos?
— Tenemos que esperar a que venga el policía bueno.

La niña abrió la ventana que daba al pequeño jardín de la casa, y dejó caer sobre el césped el osito de peluche que le habían regalado en el último cumpleaños, luego cerró con fuerza y corrió los visillos, al tiempo que miraba a su madre tendida en la cama formando una fúnebre figura entre las sombras que la cubrían.

— ¿Por qué has tirado tu osito?
— Está endiablado, mami.
— No me gusta este juego, mi niña, desátame.
— No puedo hacerlo, me lo dijo el hombre que habita en el parque.
La niña se fue hacia un rincón oscuro, más allá de donde la madre alcanzaba a ver, y se acurrucó en la esquina mirando en silencio hacia la ventana.

— ¡Desátame!
— ¡Chsss...!, calla, mami —contestó en voz baja.

La madre comenzó a sentir cómo la sangre se agolpaba dentro de sus muñecas sujetas al hierro frío. Volvió a llamar a la niña, ahora ya con voz angustiada, mas sólo tuvo como respuesta la respiración leve y entrecortada de su hija escondida.
No entendía nada de lo que estaba pasando. Intentó violentamente librarse de las ligaduras que la mantenían presa en su propio dormitorio, pero lo único que consiguió fue que las cintas de tela se clavaran y lastimaran su piel, y unas gotas de sangre empezaron a resbalar por sus brazos desnudos.
Gritó de nuevo, ya con un miedo extraño recorriendo cada centímetro de su cuerpo.

— ¡Suéltame, o te daré unos azotes cuando esté libre!
— Chsss..., eres mala, no podrás desatarte nunca, él me dijo como debía de hacerlo —se oyó la voz de la niña casi como un murmullo desde la esquina.

Una difusa silueta surgió al otro lado de la ventana. Se paró en el centro, mirando a través de los visillos. De pronto se agachó, y cuando apareció de nuevo tras el cristal llevaba consigo el osito que la niña había tirado al jardín. Desde la oscuridad del rincón donde se hallaba la niña salió una risita nerviosa, corta y enigmática.

— ¿Quién es? —preguntó la madre con voz apenas audible para que no traspasara más allá de los cristales.
— Chsss...
— Por Dios, hija, no me hagas esto.
— Chsss..., no hables, eres perversa porque no me dejas ir al parque, él me lo dijo.

Mientras, las sombras de la noche iban cubriendo deprisa las blancas paredes del dormitorio. La madre intentó alcanzar con la boca el lazo negro que ataba su mano derecha, sin resultado alguno, y retorció su cuerpo hacia el lado izquierdo en otro inútil intento por morder y romper el otro lazo rojo que la sujetaba a los barrotes. La voz tenue y susurrante de la niña de nuevo llenó la penumbra de la habitación

— No podrás, mami, él me enseñó donde tenía que atarte.
— ¡Nos hará daño a las dos!
— No, porque yo he sido buena con él, y tú has sido mala conmigo cuando me prohibías ir a jugar a su jardín.
— ¿Quién es? —volvió a preguntar la madre.
— Chsss..., calla… calla… calla.

Entre el silencio se escuchó el pequeño rechinar de los goznes de la puerta de entrada al abrirse, y una corriente de aire frío llegó a la habitación desde el jardín.

— ¿Hija, por qué dejaste la puerta abierta?
— Él me lo pidió; chsss..., no hables más y espera.

Unos pasos lentos se comenzaron a oír a través del corredor que unía la entrada y el dormitorio: uno, dos, tres, cuatro..., después se fueron alejando: ella intuyó que se habían dirigido a la cocina situada en la mitad del pasillo.

— Mi niña, aún estamos a tiempo, desátame, cielo —dijo con voz entrecortada.
— Chsss..., tiene que hacerlo para que los dos, él y yo, podamos vivir juntos en el jardín del parque. Tú me castigas por ir a jugar con él, por eso tenemos que hacerlo.

Los pasos retornaron al corredor y, desde la habitación blanca, oscurecida ahora por las sombras cerradas de la noche, se fueron oyendo cada vez más nítidos: avanzaba despacio, como midiendo cada metro, un paso más fuerte que el otro, arrastrando una cojera fácilmente adivinable. La madre gritó y se revolvió sobre la cama.

— Chsss..., no grites, mama, nadie te podrá escuchar, hoy no hay ningún vecino, él me dijo cuando debía de ser el día elegido para hacer el juego.
— ¿Por qué me haces esto, mi niña?
— No te angusties, mami, será rápido; no te preocupes, no te dolerá nada; y no te tengas miedo, él te llevará al cielo.

Una figura encorvada y siniestra apareció delante de ella en el contraluz de la ventana. El miedo paralizó su cuerpo y anuló los gritos que salían de su garganta temblorosa. La silueta de la niña, con los rizos de sus coletas sueltas cubriéndole la cara, se fue acercando a aquel ser extraño. El brillo metálico de un cuchillo asomó entre los dedos del intruso, que lo colocó en las pequeñas manos de la niña.

— ¡No cojas el cuchillo, mi vida, ese hombre es malo! —se oyó entre llantos su voz estremecida.
— No, mami, nadie lo quiere porque es feo, nadie le habla porque es huraño, nadie está a su lado porque su cuerpo da miedo, pero es bueno y me va a llevar a vivir al jardín que tiene en el parque, donde tú nunca me dejas ir a jugar.

La madre quiso gritar, pero su voz estaba atrapada y paralizada por un terrorífico miedo que la envolvía. Enfrente de ella se oyó una voz profunda y ronca:

— Ahora lo debes hacer tú, pequeña, tal y como te enseñé.
— ¿Y por qué lo tengo que hacer yo sola?
— Para que expíe sus pecados.

La niña avanzó despacio con la hoja del cuchillo levantada y agarrándolo con las dos manos, y antes de dejarlo caer con fuerza sobre el pecho de su madre, que temblaba sobre la cama y la miraba con ojos incrédulos y suplicantes, dijo con un suave y dulce tono de voz: “Mami, no me mires así, ahora irás al cielo”.
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sábado, 30 de octubre de 2010

Sueños Imperfectos



® Sueños Imperfectos

© Autor: Antonio Blázquez Madrid


(Micro-relato finalista en el IV Certamen Literario Premio Orola 2010)


Cada día, a las cinco de la tarde, salgo de mi casa y me dirijo a la estación de autobuses; cada día, ya dentro de la estación, me acerco hasta la ventanilla de venta de billetes; cada día, sin que recuerde desde cuando sucede, siempre encuentro un letrero pegado sobre el cristal, que indica que ya no quedan plazas libres para el viaje que pretendo hacer. Entonces, bajo a los andenes para ver a los que sí lo han conseguido, y observo que sus caras están cansadas y a veces llorosas antes de partir, después me fijo en los que retornan y veo que sus rostros siguen silenciosos y tristes, y al verlos así deja de importarme no haber conseguido mi billete; por lo menos hasta el día siguiente, cuando, a las cinco en punto, salga de nuevo de mi casa para ir a la estación de autobuses con el deseo de hacer el viaje que el destino aún no me ha dejado hacer.
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jueves, 9 de septiembre de 2010

Y no decimos nada

Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista.
Luego vinieron a por los judíos y no dije nada porque yo no era judío.
Luego vinieron a por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista.
Luego vinieron a por los católicos y no dije nada porque yo era protestante.
Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada.

Martin Niemöller

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La primera noche ellos se acercan y cogen una flor de nuestro jardín,
y no decimos nada.
La segunda noche ya no se esconden, pisan las flores, matan nuestro perro,
y no decimos nada.
Hasta que un día el más frágil de ellos entra solo en nuestra casa,
nos roba la luna,
y conociendo nuestro miedo
nos arranca la voz de la garganta.
Y porque no dijimos nada
ya no podemos decir nada.

Vladimir Maiakovski Leer más...

miércoles, 14 de julio de 2010

Verano en Castilla


® Verano en Castilla

© Autor: Antonio Blázquez Madrid



Cielos limpios. Calor abrasador que ahuyenta a los lagartos solitarios. Tierra quemada. Sombras que hacen vida; vidas que viven pegadas a las sombras. Polvo en las calles que esperan las pisadas juguetonas de niños que ya son ajenos el resto del tiempo. Golondrinas que regatean el aire caliente. Cigüeñas que enseñan a volar a sus crías, al tiempo que les van mostrando los vientos que les llevaran a territorios lejanos. Abuelas que acumulan caricias para el invierno. Abuelos que cuentan cuentos antes de que lleguen las noches vacías del otoño. Cohetes y banderas que celebran y recogen alegrías una vez al año; y la procesión que comienza cuando las campanas de la iglesia tocan a las cinco en punto de la tarde, aunque el viejo reloj de la torre ya hace tiempo que dejó de marcar el inicio de la fiesta del patrón de la Villa Castellana.

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jueves, 1 de julio de 2010

El final del reflejo más íntimo



® El final del reflejo más íntimo

© Autor: Antonio Blázquez Madrid


(Relato finalista en el VII Concurso de Relatos “Luis del Val” - Sallent de Gállego - Huesca)



Las gotas de sangre que caen de mis manos se mezclan con tu cuerpo destruido y tirado en el suelo, mas, a pesar de los muchos años en los que has sido mi compañero más íntimo, de mis ojos no fluyen lágrimas que me humedezcan la cara, ni de mi garganta ha salido ningún rasgado sonido que muestre dolor o pena, pues en el fondo del alma siento que se ha hecho justicia después de toda una larga vida en la que siempre me mantuviste vigilada desde el otro lado.
Aún recuerdo aquellos años de la infancia cuando me mirabas y te mofabas de mí cada vez que las lágrimas aparecían en mis ojos. Sí, eras cruel conmigo, y, con aquella voz que me llegaba a lo más profundo de mi ser sin que el sonido traspasara el aire, me hacías creer que yo me burlaba de mi misma y que tú solamente eras un mudo testigo.
Recuerdo aún tu falta de sentimientos cuando en la dura adolescencia me mirabas a través de la fría barrera que nos separaba, sin importarte nada los grandes traumas que me acuciaban, tan importantes para mí. Nunca te oí una sola palabra de consuelo, ni un gesto compasivo, sólo me mirabas, fijamente, a los ojos, haciendo muecas que repetían burlonamente las mías, en una hiriente imitación que hacía aún más dura mi existencia.
Con el paso del tiempo me seguiste vigilando oculto entre las manchas de polvo y grasa acumuladas sobre aquel marco acristalado a través del que siempre nos mirábamos, y, con despiadada frialdad, me ibas recordando día a día el paso de los años, e insistentemente me mostrabas cada una de las arrugas que inevitablemente iban naciendo en mi rostro, cada cabello caído, cada trocito de piel donde el brillo había ido desapareciendo. Sin compasión, cada mañana y cada noche, me hacías sufrir con tu gélida mirada sin que yo te pudiera culpar pues desaparecías de mi vista en cuanto me alejaba unos metros. Nunca pude discutir contigo, simplemente te burlabas de mí repitiendo una y otra vez cada una de mis palabras, y en ninguna ocasión fuiste capaz de devolverme un saludo, ni de lanzarme una sonrisa cuando estaba triste.
Mi cuerpo y mi vida poco a poco se han ido llenando de años, ¡sííí!, es verdad, y tuya no es la culpa, pero lo que en ningún momento podré perdonarte es que tú, aprovechando mi más intima y desnuda presencia, me recordases continuamente cuan lastimero era mi envejecido cuerpo, cuan caídas estaban mis carnes, cuanto sobraba allí donde no hacía falta y cuanto faltaba allí donde sí era necesario; y tampoco podré olvidar que tú, amparado por la neblina que formaba el vapor al atravesar el frío ambiente, te regodeases, una y otra vez, haciéndome ver y agrandando cada uno de mis defectos.
Jamás oí tu nombre, que siempre mantuviste en el más anónimo secreto. Nunca te pude estrechar la mano, ni pude compartir el calor de tu cuerpo: sólo sentía, una y otra vez, esa mirada tuya penetrante y fría. Tú, que ninguna vez rehuiste mis ojos, que aguantaste sin parpadear mis miradas de odio, que oíste mis gritos al aire, mis cánticos desafinados y hasta mis lloros, sin embargo, en tu innata frialdad, en ningún momento fuiste capaz de contestarme con unas palabras de alivio en los momentos de tristeza, ni de felicitarme en los días especiales de mi vida —que también los hubo—. Por eso te he odiado siempre. Por eso, y a pesar de que nunca me pude apartar de ti, jamás te quise. Por eso, hoy, cuando ya mi imagen no me importa, cuando mi vida ya no tiene ningún sentido, cuando mi último deseo no está ya en este mundo, no he querido dejarte ahí, sobre la pared, reflejando la nada, y con las escasas fuerzas que me quedan te he golpeado una y otra vez, hasta ver tu cuerpo, frío y cristalino, roto a mis pies en mil pedazos; y mis manos, ensangrentadas y abiertas por tu duro e insensible cuerpo, sienten, al fin, el calor que desde el otro lado ha dejado escapar tu vacío.
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martes, 23 de marzo de 2010

Primavera en Castilla



® Primavera en Castilla

© Autor: Antonio Blázquez Madrid



Calor suave que se va pegando sobre la cal blanca. El gallo canta de madrugada a la hora que nace el día. Un lloro tierno sale por una ventana entreabierta y una canción de cuna se oye hasta que el llanto se calma. Se escucha el rumor fresco del agua que sale de la fuente. El cielo azul y blanco. Las calles cálidas con su tierra seca. Los árboles se despiertan con el piar de los jilgueros. Las higueras empiezan a estar preñadas de higos y brevas entre sus ramas. Los corderos se amamantan con leche cálida de la oveja madre, y un perro ladra al oír las cinco campanadas que anuncian el comienzo de un día de primavera en la llanura castellana.






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viernes, 29 de enero de 2010

A ti que, aunque sólo eras un gato, nos diste una lección de felicidad con tan poco



Tristes días de espera cuando quien se va lucha por no irse, cuando la inocencia está antes de la muerte.
Tristes días de espera cuando ves su cara con solicitud de ayuda, cuando oyes su voz de súplica, y te das cuenta que nada puedes hacer por remediar sus males.
Tristes días de espera cuando te llama pidiendo tu protección, y tú solamente le puedes entregar unas caricias en su espalda.
Tristes días de espera cuando, con una profunda pena en tu alma, deseas dejar de oír su voz como única alternativa a su sufrimiento y al tuyo.
Cuántos días de espera rezando a los dioses para que no llegue la última hora, y al mismo tiempo anhelando que un dulce sueño lo lleve a la otra orilla sin dolor.
Cuántos días de espera con el corazón roto, mostrando una entereza que no tienes, luchando por retener las lágrimas que se agolpan tras los parpados, peleando porque no salgan los sentimientos antes de la última hora.
Cuántos días de espera sabiendo que ya no hay esperanza, conociendo que el fin es el único destino que ya queda, temiendo que todo acabe y al mismo tiempo deseando que termine para que desaparezcan los achaques dolorosos que él padece y la angustia que tú sientes.
Muchos días nuevos abriendo los ojos con el deseo de escucharlo, pero también con la esperanza de que el silencio sea lo único que se escuche.
Muchos días nuevos temiendo el momento de su agonía, el alarido final, para luego dejar escapar unas lágrimas en solitario allí donde nadie pueda ver tus sentimientos.
Cuán largos se hacen los días cuando lo ves luchando por un pellizco de vida, resistiendo por mantener un poco de aliento.
Por eso hoy, antes de que todo suceda, dejas caer tus lágrimas, dejas fluir tu llanto, dejas escapar tu dolor lleno de sentimientos, y lloras por él cuando aún le resta un poco de vida, y sigues pidiéndole en silencio que se vaya dormido y sin dolor durante un sueño, aunque después lo lamentes profundamente por no haber estado en el último momento a su lado acariciando su espalda.
Tal vez muchos no lo entiendan, quizá lo consideren un exceso de sentimientos, y es posible que no sean capaces de comprender por qué tanto cariño; pero dieciséis años de maullar a primera hora de la mañana para despertarte, de ronronear al compas de tus caricias, de pisadas silenciosas y gatunas detrás de tus pasos, dieciséis años de arrumacos entre tus piernas consiguen crear un profundo afecto lleno de ternura.
Y ahora se va agotando, viejecito como un anciano de cien años, y, apartado en un rincón, no queda otro remedio que inundar el alma de lágrimas, mientras que tu gato, tu querido gato, se va muriendo poco a poco, sin hacerte caso en acabar sus días en un silencioso sueño, luchando por vivir unas horas más aunque sean llenas de dolor, y entonces aprendes una lección de ese pequeño animal que te ha hecho compañía tantos años, es una lección de vida, de lucha por la vida, incluso cuando el dolor no le deja que su pequeño cuerpo se alimente, una gran lección de vida de un animalito que nada tiene salvo tu cariño, y que ha sido feliz con tan poca cosa: sólo cariño y un plato de comida cada día.
Mi querido gato, por favor, acaba tus días en un feliz sueño, para que los que te queremos no tengamos que sufrir oyendo los agónicos alaridos del último momento, y vuela al cielo de los animales, que seguramente será un cielo más hermoso que el de los humanos.

Hoy, al fin, te fuiste, y nos quedamos con la tristeza entrelazada en el alma. Adiós querido gato, Pumby.

© Antonio Blázquez Madrid
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domingo, 17 de enero de 2010

Invierno en Castilla

(acuarela de: Rubén de Luis)



® Invierno en Castilla

© Autor: Antonio Blázquez Madrid



El agua ha dejado de correr libre y se ha quedado atrapada entre los carámbanos que cierran la boca helada de la fuente. El cielo está cubierto de luto negro; la tierra de solitaria nieve blanca. Los nidos de las golondrinas cuelgan vacíos y abandonados, sin calor en su interior. Las cigüeñas hace tiempo que dejaron los nidos de ramas secas en los torreones altos. En las calles no hay pisadas que muestren vida. El viento helado congela a su paso las esquinas gastadas por el tiempo. Las agujas enmohecidas y quietas del reloj de la torre señalan las cinco; la misma hora que marcará en la noche, y al día siguiente, y al otro, y al otro..., la única hora que le queda. Los silencios acompañan al reloj y ya no resuenan las campanas para dar la hora en punto. Sólo se oye el chirriar del gozne oxidado de una puerta vieja, que se entreabre y cierra con la esperanza vana de que trascurra algo de vida antes de que llegue la noche solitaria y difunta de Castilla.



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domingo, 20 de diciembre de 2009

Cuento de Navidad




- TAMBIÉN EXISTEN OTRAS NAVIDADES -



® Título: Continuidad de un Belén roto

© Autor: Antonio Blázquez Madrid



(Primer Premio en el I Certamen de Cuentos de Navidad – Primaduroverales “Casa del Reloj” Madrid)


La monótona música de los villancicos traspasa, como cada año, los cristales de la ventana. La misma historia vuelve al lugar de siempre. En el salón, un gastado Belén ocupa la repisa de la chimenea. En el Belén el Niño debe de tener la mejilla rota, y la tiene; la Madre debe de estar con los ojos borrados, y así está; el Padre debe agarrar con dureza la empuñadura del bastón, y lo hace.
Sentado en un raído sillón, frente a la chimenea, un hombre contempla inquieto la escena navideña, al tiempo que sujeta con fuerza una culata fría. Sobre una hamaca, una mujer balancea su cuerpo con ritmo cansino mientras mira en silencio, con ojos apagados y quietos, una fotografía amarillenta que mantiene entre las manos. La estancia huele a aguardiente añejo.
Las sucias bolas de cristal que pretender adornar el nacimiento ya no reflejan la luz que apenas cubre las paredes de la habitación. Apartado en un rincón, un niño lee un cuento de navidad escrito en un diario un día 25 de otro mes de diciembre. Un “booom” salido de entre las palabras que está leyendo se adelanta al potente “booom” que llega a sus oídos. Con miedo, y sin levantar la vista, al mismo tiempo que toca su cara dolorida, el niño prosigue con la lectura para saber cómo termina la historia de aquel otro 25 de diciembre que se cuenta en el diario, y las letras le van descubriendo que el hombre que aparece en el relato tiene que quedar con el brazo caído, inerte, y sus dedos rozando las baldosas manchadas de rojo, y así queda; y la mujer que le acompaña, después de llorar con amargura hasta secar sus ojos, tiene que permanecer eternamente mirando una fotografía que coge con sus temblorosas manos, y así permanece; y un niño, que se acurruca temeroso en una oscura esquina, tiene que leer un cuento triste de navidad, mientras se acaricia su rostro herido, y así lo hace.
El niño termina de leer el relato escrito en el diario, y vuelve a esconderlo bajo las baldosas rotas del salón, para que al año siguiente, cuando los villancicos retumben de nuevo a través de los cristales y el Belén roto vuelva a estar sobre la repisa de la chimenea, otro niño lo encuentre, mientras se oculta con miedo en un rincón oscuro con su mejilla dolorida.

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viernes, 11 de diciembre de 2009

Serpiente versus Ciudad




® Serpiente Vs. Ciudad

© Autor: Antonio Blázquez Madrid


(Mención especial en el II Certamen Internacional de Cuento ‘Jorge Luis Borges’ – de SESAM - ARGENTINA)


Recuerdo esos otros tiempos cuando podía sentir las luces de la noche girando a mi alrededor, cuando mis pasos caminaban libres por las calles, cuando miraba al cielo soleado desde el parque que se abre al final de la avenida; pero ya no, ya sólo puedo ver la ciudad a través de la estrecha ventana de mi apartamento, en el piso 13, donde vivo solo y encerrado; ya sólo puedo mirar desde lo alto los cientos de luces parpadeantes que salpican la negra capa de asfalto durante la noche, y observar las pequeñas siluetas que se mueven bajo el cielo gris que las cubre, sin poder hablar con ellas.
La puerta está candada con siete llaves, por el temor que tengo a que ella la traspase. Tal vez, todos piensen que es locura mi encierro, pero yo sé que está ahí abajo, enroscada sobre si misma, con su cuerpo frío cubierto de escamas falazmente suaves, sus ojos eternamente abiertos y vigilantes, y su lengua traicionera escondida entre las mortales mandíbulas de su boca. Está esperando para engullirme: escondida, unas veces, en el foso del ascensor; otras, camaleónicamente enrollada en las pilastras de la barandilla de la escalera; y la mayoría de las veces, apostada bajo la alcantarilla que hay enfrente de la casa, desde donde vigila todos mis movimientos.
Es parte de su venganza contra la ciudad, esa ciudad que en su loca carrera por agrandar sus dominios la expulsó de su refugio, y yo soy el objetivo elegido para esa venganza, aunque nadie lo quiera entender y me consideren loco. Pero lo que ellos no saben, es que cuando yo muera ella buscará nuevas víctimas para completar su lucha, hasta que la ciudad deje de devorar su entorno.

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sábado, 28 de noviembre de 2009

Otoño en Castilla



® Otoño en Castilla

© Autor: Antonio Blázquez Madrid


Gris en el cielo y ocre en el horizonte. El aire fresco y la luz cortada por una neblina suave. Los pájaros callados ya a esa hora. Las calles más vacías que llenas, más silenciosas que bulliciosas. Tristeza entre las esquinas. Gentes calladas. Llovizna que cala el cuerpo y a veces el alma. Son las cinco de una tarde de otoño entre las calles de un pueblo de Castilla, donde ya nadie mira al reloj parado de la iglesia.

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jueves, 26 de noviembre de 2009

La lectura como termómetro, catalizador y potenciador de la cultura

La lectura como termómetro, catalizador y potenciador de la
cultura



Antonio Blázquez Madrid

Somos un país, España, en el que la evolución económica ha tenido un importantísimo crecimiento, pero, por desgracia, no ha sucedido lo mismo en la parte cultural, que sigue siendo raquítica, manteniendo unos bajísimos y preocupantes niveles.
Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que industrial y económicamente estamos situados entre los primeros diez o doce países del mundo, pero si se nos midiera por nuestro nivel cultural nuestra posición en el ranking caería muy por debajo de muchos otros países con menos recursos económicos.
La cultura no ha tenido nunca entre nuestros políticos y dirigentes ningún interés y mucho menos preferencia, y lo que es peor, tampoco ha sido ni es una preocupación para la mayoría de los ciudadanos, que valoran más el nivel económico alcanzado por cualquiera de sus vecinos que el grado cultural que posean.
¿Y por qué este degradante y bajo nivel cultural si hoy en día todos, desde muy pequeños, tienen un colegio a donde ir, y además es obligatorio pasar un importante número de años asistiendo a clases de unas y otras materias? Algunos dirán que el problema es el nefasto sistema educativo que nos imponen, otros que el bajo aprovechamiento de los alumnos, pero yo tengo mi propia teoría: el gran problema existente es la palabra. Sí, la palabra. Da pena oír hablar a mucha gente que incluso tiene en su currículum algún título universitario. ¿Y por qué la palabra?, se preguntaran algunos, pues porque la palabra es el gran potenciador de la cultura. ¿Y dónde podemos encontrar las palabras?, en los libros. ¿Y cómo se extraen las palabras impresas en los libros? Leyendo, leyendo, leyendo. He aquí el principal motivo del escaso nivel cultural que nos rodea: ¡no se lee! Es un país donde casi nadie lee.
Aunque las encuestas y las estadísticas nos vienen a decir que hay un 40% de ciudadanos que leen, yo me niego a aceptarlo, pues cuando hago mi propia estadística en mi propio entorno (que no es de bajo nivel económico ni social), me doy cuenta que realmente en ese porcentaje se incluyen a todos aquellos que han tenido un libro en sus manos alguna vez, pero que de verdad no leen ni nunca han leído, y lo que es peor, no tienen intención de hacerlo. La desalentadora conclusión a la que llego es que el porcentaje de los que le dedican algún tiempo real de su vida a la lectura es como mucho de un 20%, eso siendo generoso. Y la lectura es el catalizador de la cultura; es más, yo diría que es un catalizador esencial de la cultura, y al igual que sin un catalizador no es posible ninguna reacción química, asimismo sin la lectura es difícil que haya un nivel cultural mínimamente aceptable.
Si queremos saber dónde está situado culturalmente un pueblo, solamente tenemos que conocer el número real de los ciudadanos que leen, un exacto termómetro que nos dará la medida exacta de su nivel. (En este punto, quiero que quede constancia de la excepción que, por justicia social, hay que aplicar en esta regla a esos pueblos y gentes que tienen una vasta cultura tradicional basada en la oralidad, y que no han podido plasmasla en los libros por falta de medios económicos o materiales. Esas culturas, heredadas palabra a palabra, son dignas de sana envidia, y en modo alguno están por debajo de la nuestra).
En este país se sigue prefiriendo oír a televisivos variopintos antes que tomar entre las manos un libro, y muchas veces algunos lo cogen sólo para leer y recordar el título, por si les preguntan si han leído alguna vez algo en su vida.
Si queremos que nuestro nivel cultural esté en el lugar que debería por nuestro desarrollo económico, habría que conseguir que nadie acabara un año sin leer al menos un libro, pero yo, he de reconocerlo, que me doy por vencido de antemano.

Antonio Blázquez Madrid-Noviembre/2009

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jueves, 29 de octubre de 2009

Los Otros Pasos

® LOS OTROS PASOS

© Autor: Antonio Blázquez Madrid


(Micro-relato finalista y publicado en la III Antología de Vivencias – 2009 por Ediciones Orola)


Uno, dos, tres, cuatro, cinco pasos, y la sensación de que alguien me sigue me intranquiliza.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Los mismos pasos contados de uno en uno, y la misma extraña sensación me invada una y otra vez.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Me paro a escuchar, como hago siempre, y aunque nada oigo presiento que otros pasos están detrás de mí.
Lo tengo bien medido: el pasillo de la casa mide cinco pasos de ida y otros cinco, iguales, para volver al punto de inicio. Es un camino que comencé a recorrerlo a las cinco en punto de una noche llorosa y ya lejana, y que no he dejado de andar y desandar desde entonces, sintiendo que me persiguen, aunque habite sola en la casa.


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domingo, 25 de octubre de 2009

Juego Perverso

® Juego Perverso

© Autor: Antonio Blázquez Madrid


(Relato finalista en el I Concurso de Relatos de Terror, y publicado por la Editorial Círculo Rojo en la Antología de Relatos de Terror-2009. Título: ‘Déjame Salir’)



— ¿Mami, jugamos a presos y policías?
— ¿Niña, desde cuando te gusta jugar a eso?
— Lo he aprendido, mami, me lo han enseñado en el parque.
— ¿Y cómo se juega?
— Mira, yo te ataré a la cama con los lazos de mis coletas, y tú serás la mala y yo seré quien llame al policía bueno para que te lleve con él.
— Pues si a ti te apetece juguemos, cielo.

La tarde ya había terminado sus horas y las sombras comenzaban a cubrir las pareces blancas del dormitorio. La niña fue quitándose las cintas que recogían su pelo,
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'DÉJAME SALIR' Antología de Relatos de Terror


Ya está a la venta, en su edición limitada, el libro con los 23 relatos finalistas del certamen de terror organizado por la Editorial Círculo Rojo. No te quedes sin él.
«La emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido». Así define uno de los magos del terror, H.P. Lovecraft, al miedo. Un miedo que vive en el folklore popular de todas las culturas, y en el subconsciente más profundo de cada persona. Desde el romanticismo de finales del s. XVIII y principios del XIX, el cuento de terror ha estado presente, y de forma muy aplaudida, en el panorama literario.
Los relatos de Edgar Allan Poe o del mencionado Howard Phillips Lovecraft han desvelado las noches más oscuras de millones de lectores a lo largo de los años,
y aún lo siguen haciendo, ahora con la ayuda de genios como Clive Barker, Anne Rice o Stephen King, que han dotado al género de las novedades propias de nuestro mundo actual, pero sin dejar de mirar a esos pioneros que nos sobrecogieron, hurgando en nuestros miedos interiores, en nuestras pesadillas, y en nuestra mente.
“Déjame salir” pretende ser un homenaje al terror, a esos cuentos que no podíamos dejar de leer, pero con la luz encendida; a esos fanzines ochenteros de horror; a esas películas que veías medio tapado con las sábanas, a la espera de un susto que llegaba cuando menos lo esperabas.
23 relatos que no te dejarán escapar. Déjate atrapar por los cuentos finalistas del I Certamen de Relatos de Terror de la Editorial Círculo Rojo. Te sorprenderás. Con Prólogo de Teo Rodríguez (Diarios del Miedo).


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